Tedeum del 25 de Mayo de 2026 en la Catedral de San Juan
Por el Obispo Auxiliar de San Juan Gustavo Larrazábal
Evangelio según San Mateo 13, 24-30; 36-43.
Y les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.
Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: «Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?.
Él les respondió: «Esto lo ha hecho algún enemigo». Los peones replicaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?».
«No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo.
Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero».
Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo.
El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes.
Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!
En el Evangelio de Mateo que acabamos de escuchar se encuentra una parábola cuya enseñanza es muy actual e iluminadora. La parábola en cuestión relata que un hombre sembró buena semilla en su campo, pero, mientras dormía, su enemigo sembró cizaña entre el trigo. Cuando salió la hierba y dio fruto, apareció también la
cizaña. Entonces, los jornaleros preguntaron al propietario si arrancaban la cizaña. Él les dijo que no lo hicieran para no arrancar el trigo con ella. Cuando llegue el momento, el propietario del campo dirá a los segadores que recojan primero la cizaña, la aten en manojos y la quemen, y que el trigo lo guarden en el granero.
Los protagonistas de la Semana de Mayo de 1810, entendieron que el “trigo” de la libertad sembrado en esas complejas jornadas no se conseguía sin el pueblo, y sin la escucha del grito de libertad independiente que el mismo pueblo deseaba.
Distantes en el tiempo, nosotros los argentinos hemos de darnos cuenta que no puede haber diálogo con violencia o discursos de odio, porque esto no tiene lógica. No puede haber connivencia con la injusticia, porque ésta empobrece al vulnerable. No hay lugar para la indiferencia, porque ésta mata.
La paz es, por tanto, un don de Dios, pero se convierte también en tarea humana, a la que está asociada una bienaventuranza de Jesús: “Felices los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Porque siempre la paz será fruto maduro de la justicia cotidiana.
El recordado papa Francisco nos decía: “Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales”. (Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2023).
¡El “sálvese quien pueda”, del individualismo feroz, no conduce a ningún puerto de felicidad personal y menos aún a la paz interior necesaria para un desarrollo autentico y cuánto empobrece a la paz social que habilita a todos los pueblos a vivir con dignidad!
La construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad es el esperado fruto del trigo de nuestra parábola el cual depende de cuatro principios relacionados con las tensiones constantes presentes en toda realidad social.
Estos principios derivan de los pilares de la siempre vigente Doctrina Social de la Iglesia, que sirven como parámetros de referencia primarios y fundamentales para evaluar los fenómenos sociales. A la luz de ellos, quisiera ahora exponer estos cuatro principios específicos que pueden guiar el desarrollo de la vida en sociedad y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen dentro de una búsqueda común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un camino genuino para recorrer juntos.
- El tiempo es mayor que el espacio.
Nos dice el papa Francisco: “Este principio nos permite trabajar despacio pero con seguridad, sin obsesionarnos con los resultados inmediatos. Nos ayuda a sobrellevar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios inevitables en nuestros planes. Nos invita a aceptar la tensión entre plenitud y limitación, y a dar prioridad al tiempo. Uno de los errores que observamos ocasionalmente en la actividad sociopolítica es que se priorizan los espacios y el poder sobre el tiempo y los procesos. Dar prioridad al espacio
significa intentar desesperadamente mantener todo unido en el presente, tratando de poseer todos los espacios de poder y de autoafirmación; es cristalizar procesos y pretender retenerlos. Dar prioridad al tiempo significa preocuparse por iniciar procesos en lugar de poseer espacios” (Exh. Ap. Evangelii Gaudium n° 223).
Lo que necesitamos, entonces, es dar prioridad a las acciones que generan nuevos procesos en la sociedad e involucrar a otras personas y grupos que puedan desarrollarlos hasta que den fruto en acontecimientos históricos significativos. Sin ansiedad, pero con tenacidad y convicciones claras.
A veces me pregunto si en el mundo actual existen personas realmente preocupadas por generar procesos de construcción humana, en contraposición a la obtención de resultados inmediatos que producen ganancias políticas fáciles y rápidas a corto plazo, pero que no fomentan la plenitud humana. La historia quizás juzgue a estas últimas con el criterio establecido por Romano Guardini: «La única medida para evaluar adecuadamente una época es preguntarse en qué medida fomenta el desarrollo y la consecución de una existencia humana plena y auténticamente significativa, de acuerdo con el carácter peculiar y las capacidades de esa época» (Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium n° 224).
La parábola es una advertencia contra la impaciencia mesiánica que movida por una mezcla de cólera y de mesianismo político la cruzada promete mucho, pero solo deja a su paso destrucción, dolor y muerte
La historia ilustra gráficamente un aspecto importante de toda construcción humana: “el enemigo puede invadir el reino y sembrar daño, pero finalmente es derrotado por la bondad del trigo” (Francisco, Ev. G. n ° 225).
Nuestra parábola enseña a no desesperar, a mantener la integridad y la esperanza sabiendo que el mal no tendrá nunca la última palabra.
- La unidad prevalece sobre el conflicto.
No podemos caer en el engaño: el trigo y la cizaña crecerán juntos.
Como sabemos tanto el trigo como la cizaña tienen un tipo de raíz que ocasiona que las plantas se entrelacen con las plantas vecinas; esto impide que la cizaña sea arrancada sin afectar el trigo. Más aun todas juntas en su crecimiento compiten por la luz y nutrientes pudiendo ocasionar que el trigo se debilite y muera.
Jesús no pidió al Padre que los suyos fueran quitados del mundo, sino que fueran protegidos del maligno.
En la vida social el conflicto no puede ignorarse. Hay que afrontarlo. Pero si permanecemos atrapados en él, perdemos la perspectiva, nuestros horizontes se reducen y la realidad misma comienza a desmoronarse. En medio del conflicto, perdemos la noción de la profunda unidad de la realidad.
La vida y la historia requieren de mucho discernimiento, para saber qué alimentamos: el trigo o la cizaña.
Los trabajadores proponen al dueño del campo exterminar la cizaña para quedarse con un campo 100% trigo. Una historia pura, utópica. La respuesta del dueño es sabia, cuidado, no sea que por arrancar la cizaña arranquen también el trigo. Los extremistas pretenden que las cosas sean 100% puras y esta actitud los convierte en fanáticos que terminan destruyendo el trigo; no la cizaña. De hecho, en su afán de trigo puro, les lleva a sí mismos a ser cizaña. No se trata, pues, según Jesús, de gastar energías en exterminar al enemigo, porque al final quien se empeña en este propósito termina siendo lo que quiere combatir y exterminar.
Es posible construir comunión en medio del desacuerdo, pero esto solo lo pueden lograr aquellas grandes personas dispuestas a ir más allá de la superficie del conflicto y a ver a los demás en su más profunda dignidad. Esto exige reconocer un principio indispensable para la construcción de la amistad en la sociedad: que la unidad es más importante que el conflicto. La solidaridad, en su sentido más profundo y desafiante, se convierte así en una forma de hacer historia en un contexto vital donde los conflictos, las tensiones y las oposiciones pueden alcanzar una unidad en la diversidad. Esto no implica optar por una especie de sincretismo, ni por la absorción de uno en el otro, sino más bien por una resolución que se produce en un plano superior y que preserva lo válido y útil en ambas partes (Cfr. Francisco, Ev. G. n° 228).
- Las realidades son más importantes que las ideas.
Existe también una tensión constante entre ideas y realidades. Las realidades simplemente son, mientras que las ideas se construyen. Debe existir un diálogo continuo entre ambas, para que las ideas no se desvinculen de las realidades. Es peligroso quedarse solo en el reino de las palabras, de las imágenes y la retórica. Así pues, entra en juego un tercer principio: las realidades son superiores a las ideas. Esto exige rechazar los diversos medios para enmascarar la realidad: retórica vacía, dictaduras del relativismo, objetivos más ideales que reales, formas de fundamentalismo histórico, sistemas éticos desprovistos de bondad, discursos intelectuales desprovistos de sabiduría. (Cfr. Francisco, Ev. G n° 231).
Las ideas —elaboraciones conceptuales— están al servicio de la praxis. Las ideas desconectadas de la realidad dan lugar a formas ineficaces de idealismo y nominalismo, capaces, a lo sumo, de clasificar y definir, pero ciertamente no de impulsar a la acción. Lo que nos impulsa a la acción son las realidades iluminadas por la razón……Tenemos políticos —e incluso líderes religiosos— que se preguntan por qué la gente no los entiende ni los sigue, dado que sus propuestas son tan claras y lógicas. Quizás sea porque están atrapados en el reino de las ideas puras y terminan reduciendo la política o la fe a mera retórica (Cfr. Francisco, Ev. G n° 232).
- El todo es mayor que la parte.
Existe una tensión inherente entre globalización y localización. Debemos prestar atención a lo global para evitar la estrechez de miras y la banalidad. Sin embargo, también debemos mirar a lo local, que nos mantiene con los pies en la tierra. Juntas, ambas nos impiden caer en uno de dos extremos. En el primero, las personas se ven atrapadas en un universo abstracto y globalizado, siguiendo la corriente, admirando el brillo del mundo ajeno, asombrándose y aplaudiendo en los momentos oportunos. En el otro extremo, se convierten en un museo de folclore local, un mundo aparte, condenados a repetir lo mismo una y otra vez, incapaces de ser desafiados por la novedad o de apreciar la belleza que Dios les ofrece más allá de sus fronteras (Cfr. Francisco, Ev. G. n° 234).
Mejor que la esfera, el poliedro es una imagen que refleja la convergencia de todas sus partes y cada una de las cuales conserva su singularidad. Tanto la actividad pastoral como la política buscan reunir en este poliedro lo mejor de cada una. Hay lugar para los pobres y su cultura, sus aspiraciones y su potencial. Es la convergencia de los pueblos que, dentro del orden universal, mantienen su propia individualidad; es la suma total de las personas dentro de una sociedad que persigue el bien común, la que verdaderamente tiene lugar para todos.
En este Día Patrio, pidamos a Dios y la Virgen Madre de Luján, que configuremos nuestro interior con propósitos genuinos de forjar la Patria Grande, la que soñaron nuestros próceres, la que debemos a la gente y a los que vendrán después de nosotros.
