San Juan, 1 de agosto de 2026
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Carta a los Sacerdotes

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Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

Queridos hermanos sacerdotes:

En este 4 de agosto, nos reúne la memoria de San Juan María Vianney, el Cura de Ars, cuyo testimonio sigue inspirando y alentando la vida sacerdotal en todo el mundo. Aprovechamos esta ocasión para acercarnos a cada uno de ustedes, con el corazón agradecido y fraterno, para compartir algunos pensamientos y, sobre todo, expresar la gratitud por su entrega generosa y silenciosa, por su disponibilidad cotidiana y por el modo en que cada uno encarna el llamado de Dios en su vida.

La vocación sacerdotal, queridos hermanos, es ante todo un llamado interior, una invitación única y personal que Dios dirige a cada uno. Este llamado puede brotar en la infancia, en la sencillez de quien se siente atraído por el misterio de la fe, o irrumpir en la juventud o la vida adulta, sorprendiendo al corazón que busca plenitud y sentido. Es una propuesta amorosa de Dios, que nos llama no solo a ser felices, sino a encontrar la verdadera plenitud en la entrega y el servicio.

Conmueve descubrir cómo la vocación se manifiesta de manera original en cada uno de ustedes: en el modo de acompañar a las comunidades, en la cercanía con los más frágiles, en la pasión por el Evangelio y en la creatividad para responder a los desafíos de nuestro tiempo. La diversidad de caminos y experiencias enriquece nuestra Iglesia y revela la belleza de la respuesta personal al Señor.

En el centro de nuestra vocación está el encuentro con Jesús, el Maestro. Él nos llama, como llamó a los primeros discípulos, a estar con Él, a aprender de su modo de mirar y amar, y a ser enviados a anunciar la Buena Noticia. Nos pide que seamos servidores, no por obligación, sino por amor a Él y a quienes Él ama, especialmente los más pequeños, los más vulnerables, los que esperan una palabra de esperanza y un gesto de misericordia. Como escribía San Pablo a los primeros cristianos, “somos servidores de ustedes por amor a Jesús” (2 Corintios 4, 5).

La vida sacerdotal es, en definitiva, un servicio por amor. Es estar disponibles para quienes nos necesitan, acompañar a las familias, sostener a los enfermos, consolar a los que sufren, y celebrar con alegría la vida de la comunidad. “Llorar con los que lloran, reír con los que ríen” (Romanos 12, 15). La historia de cada sacerdote está tejida de pequeños gestos

cotidianos que, aunque muchas veces invisibles, son la expresión concreta del amor de Dios.

En este día especial, los invitamos a renovar la confianza en el Señor, a pedirle la gracia de perseverar con alegría y fidelidad en el camino iniciado. Los animamos también a rezar unos por otros, para que Dios nos sostenga y fortalezca en los momentos de dificultad y nos permita ser signos vivos de su presencia.

Les pedimos, además, que recemos juntos por los seminaristas y por los jóvenes que están discerniendo su vocación. Que el Señor los acompañe, los ilumine y les conceda la valentía de responder con generosidad. Acompañemos su camino con afecto, cercanía y gratitud, alentando su entrega y su búsqueda sincera.

Gracias, queridos hermanos, por su vida, por su servicio y por su testimonio. Los abrazamos con todo el cariño de pastor y los encomendamos a la intercesión de San Juan María Vianney, y de nuestro querido Cura Brochero, de vida pobre y entregada. Que ellos nos ayuden a permanecer siempre cerca de Jesús y de su pueblo, y que Dios nos bendiga y sostenga en este hermoso camino.

Con afecto y gratitud,

+ Jorge Lozano

+ Gustavo Larrazábal

+ Mario Robles

Obispos de San Juan de Cuyo