San Juan, 9 de julio de 2026
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Predicación del Te Deum del 9 de Julio 2026 en la Catedral de San Juan

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Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

Bienvenidos queridos hermanos y hermanas de la comunidad sanjuanina, autoridades presentes, y todos los que hoy compartimos este solemne Te Deum en honor a nuestra querida Patria.

Hace unos años, en una comunidad de la provincia, me regalaron un poncho tejido por manos sanjuaninas. Tiene una belleza singular y abriga en el duro invierno de nuestra provincia. Cada hilo por separado no abriga ni sostiene. La fortaleza está en el entramado. Me hace acordar a una expresión del Papa Francisco, “El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas” (EG 235). Hasta los hilos más flojos y débiles se entrelazan con los más fuertes para que ninguno quede afuera. La prenda incorpora diversos colores. Ante una pregunta que le hice, la tejedora me explicaba: “No es solamente técnica; hay sabiduría ancestral combinada con arte, creatividad y cariño. Amo tejer, amo abrigar”. Esta especie de “parábola del poncho” nos viene bien en esta celebración.

Nos encontramos reunidos en esta fecha tan significativa, en la que hace 210 años, nuestros próceres se animaron a dar un paso trascendental hacia la libertad y la independencia.

El presente nos desafía a no acostumbrarnos a la fragmentación, que inevitablemente debilita el entramado de nuestras instituciones. Estamos llamados a ser trabajadores que entrelazan un tejido social que a veces parece deshilacharse. Como en las manos de nuestras artesanas, con paciencia y creatividad, estamos llamados a buscar la belleza de la armonía de los diversos colores y texturas, construyendo juntos una patria más fraterna.

San Francisco de Asís nos enseñaba una oración que hoy se vuelve imperativa para nuestra patria: «Donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo unión». La verdadera independencia se consolida cuando somos capaces de desarmar los espíritus, de la polarización para fomentar el dialogo y la reconciliación, para escucharnos sin prejuicios y así comprender que nadie se salva solo. Como nos pide el Papa León XIV, estamos convocados a “desarmar las palabras”.

Esta fecha no es un eco lejano de la historia; es una herencia de sangre, coraje y fe que late de manera particular en las entrañas mismas de nuestra tierra cuyana.

Es imposible no conmoverse hoy al recordar que aquella gesta de 1816 estuvo guiada, en sus momentos más decisivos, por hijos de este suelo. Aquí, bajo este mismo cielo, caminaron hombres de la talla de Francisco Narciso de Laprida, el joven abogado sanjuanino que tuvo la inmensa responsabilidad y el honor de presidir las sesiones del Congreso de Tucumán en el día exacto de la declaración de la Independencia. Y junto a él, la figura gigante de nuestro querido Fray Justo Santa María de Oro, el fraile dominico que luego sería el primer obispo de nuestra diócesis, a quien honraremos de manera especial al terminar esta ceremonia.

Fray Justo no solo aportó su lucidez teológica y su amor al pueblo, sino que plantó una bandera innegociable cuando las papas quemaban: defendió con firmeza la forma republicana de gobierno frente a los intentos de importar soluciones monárquicas extranjeras. Él sabía que la libertad de la Patria debía nacer de la identidad, el consenso y el alma de su propia gente.

Hoy, en pleno año 2026, nos encontramos a nivel global en una profunda encrucijada histórica. No estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino algo mucho más desafiante: un verdadero cambio de época. Las viejas certezas se diluyen, las tecnologías transforman nuestra manera de vincularnos, las economías globales crujen y las crisis sociales nos exigen respuestas nuevas. Las guerras esparcidas en grandes regiones de la tierra parecen ser imparables. En esta transición, el miedo a lo desconocido o la tentación del aislamiento a menudo intentan paralizarnos. Sin embargo, la historia nos enseña que cada encrucijada es también una oportunidad para renovarnos, fortalecer nuestros ideales y buscar juntos el bien común.

El Papa León XIV en su reciente Encíclica expresaba: “A todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad les dirijo un vehemente llamado: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas —los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— se convertirán en piedras angulares, y sobre la tierra surgirá un hogar común sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán (cf. Sal 85,11)” (MH 16).

No podemos olvidar que la grandeza de una Nación se mide por el amor y el cuidado que brinda a los más frágiles y vulnerables. Jesús nos enseñó a poner en el centro a quienes sufren, a los descartados, a los que menos tienen. Nuestro desafío, como sociedad y como creyentes, es sostener la vida, tender la mano, acompañar a los que luchan por sobrevivir. Que nunca falten la compasión, el compromiso y la solidaridad en nuestro andar cotidiano, como sello de la construcción de una verdadera ciudadanía.

Es exactamente en este escenario de incertidumbre donde el Evangelio de hoy nos sale al encuentro con una vigencia absoluta: «Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo» (Mateo 5, 13-16).

Jesús nos pide que no seamos espectadores pasivos del cambio de época, ni nos encerremos a lamentarnos por el pasado. Nos llama a ser sal que da sabor, que preserva de la corrupción de los valores, que se disuelve silenciosamente para transformar la realidad desde adentro. Nos llama a ser luz, no para encandilar o juzgar, sino para iluminar el camino de los que andan a oscuras, cansados por la pobreza, el desánimo o la falta de oportunidades.

La sal sana las heridas. La luz disipa las tinieblas de la exclusión y de la desesperanza. Que este 210° aniversario sea el momento de renovar nuestro pacto fraterno. Encontremos en los próceres cuyanos el modelo de servicio, austeridad y entrega, y que nuestro pueblo nunca pierda esa reserva espiritual de solidaridad que nos caracteriza.

Que quienes tienen responsabilidades públicas puedan ejercerlas con grandeza de alma, buscando siempre el bien común por encima de todo interés sectorial. Y que cada ciudadano descubra que la Patria no se construye solo desde los grandes cargos, sino también desde la honestidad cotidiana, el trabajo responsable, el cuidado de los más débiles y la decisión de no romper los vínculos.

Le pedimos a San Juan Bautista, patrono de nuestra provincia, y a Nuestra Señora de Luján, que nos den la valentía de transitar este nuevo tiempo histórico con los ojos abiertos, el corazón encendido y las manos tendidas.

Que Dios bendiga a San Juan, que bendiga a la República Argentina, y nos conceda la gracia de ser siempre testigos de su luz.

 

 

+Jorge Eduardo Lozano

Arzobispo de San Juan de Cuyo

Argentina