San Juan, 25 de julio de 2026
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“Lo viejo funciona, Juan”

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Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

¿Existe una edad de vencimiento para las personas? ¿Nos volvemos obsoletos al envejecer? Estas preguntas, aunque incómodas, reflejan una inquietud creciente en una sociedad donde la cantidad de personas mayores nunca fue tan elevada. El envejecimiento de la población nos obliga a evidenciar los prejuicios, a mirar con nuevos ojos a nuestros abuelos y ancianos, y a preguntarnos cuál es su verdadero lugar y valor en la familia y en la sociedad.

El fenómeno del envejecimiento poblacional plantea desafíos y oportunidades. Las familias se reconfiguran, el mercado laboral se adapta, y surgen nuevas formas de convivencia y cuidado. Es momento de replantear estructuras sociales, garantizar derechos y cultivar una cultura de respeto y gratitud hacia quienes nos precedieron.

Cada año, en torno a la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, “una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios” (Mensaje del Papa León XIV). El lema propuesto en esta ocasión es “Yo nunca te olvidaré” (Is 49, 15).

En la vorágine de la vida moderna, las personas mayores suelen quedar relegadas al margen, pero su valor espiritual permanece intacto. La dignidad no se marchita con los años. Los abuelos portan la memoria viva de quienes somos, la sabiduría de lo aprendido y la serenidad de quien ha transitado muchos caminos. En la producción audiovisual “El Eternauta” varias veces se mencionaba “¡lo viejo funciona, Juan!”. «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras» (Carta encíclica Magnifica humanitas, 239).

No es raro escuchar a personas mayores compartir la sensación de haber sido olvidadas, tanto por la sociedad como por sus propias familias. Este sentimiento puede ser doloroso, y es importante abrir espacios de diálogo y escucha. El olvido social no es un destino inevitable: la presencia activa de abuelos en la vida familiar, la inclusión en actividades y la valoración de sus historias pueden contrarrestar esa percepción y devolverles el protagonismo que merecen. Nos debe avergonzar como sociedad llegar a que unos cuantos jubilados enfrenten el dilema de “comer o comprar los remedios”.

En ocasiones, el sistema y la comunidad tienden a mirar a los ancianos como estadísticas, identificándolos por su edad o por su condición médica. Este enfoque puede resultar despersonalizante y reducir su identidad a un diagnóstico. Nos dice el Papa León XIV en su Mensaje para esta Jornada que eso “es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología”. Los mayores no son un expediente ni una enfermedad; son personas con sueños, virtudes, recuerdos y necesidades afectivas. Recuperar su mirada humana implica reconocer su singularidad y su aporte, más allá de cualquier limitación física.

La fragilidad y la dependencia son realidades que acompañan el envejecimiento. Aceptarlas, tanto desde el entorno como desde la propia persona mayor, es un acto de humildad y coraje. No hay vergüenza en pedir ayuda ni en necesitar apoyo. La interdependencia es parte de la vida; reconocerlo favorece vínculos más empáticos y solidarios. La debilidad física puede abrir puertas a una fortaleza interior, que no siempre es visible pero sí profundamente valiosa.

Lejos de ser obsoletos o tener una «edad de vencimiento», los abuelos y ancianos son pilares fundamentales de nuestras vidas. Su presencia nos recuerda la importancia de la dignidad, la espiritualidad y el respeto mutuo. El desafío es construir una sociedad más inclusiva, donde la fragilidad no sea motivo de exclusión, el olvido no sea la norma y la experiencia y la sabiduría sean reconocidas y celebradas. En este camino, cada familia, cada comunidad, y también en nuestras parroquias y ambientes eclesiales, tenemos la oportunidad de aprender, crecer y honrar a quienes nos anteceden.