San Juan, 4 de junio de 2026
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Homilía en la Misa por los Trabajadores

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En la Catedral de San Juan Bautista, se realizó la Misa por los Trabajadores donde el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Jorge Lozano expresó en la homilía conceptos muy ponderados, dignos de tener en cuenta.

En la enseñanza bíblica el trabajo forma parte del Plan del Creador. Desde el “poner nombre a los animales”, que implica hacerse co – creador, al «ganar el pan con el sudor de la frente del Libro del Génesis, pasando por los Salmos y los Profetas. La antigua judeo – cristiana ha visto el trabajo como un valor positivo y de algún modo, “religioso”.

San Pablo nos expresaba en la primera lectura “cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres” – Col 3, 23. Dándole de este modo un sentido casi ritual o cultual.

Con el correr de los siglos, debido a algunas corrientes economistas que tienen su centro en las riquezas y no en Dios, en el fondo caen en una divinización del dinero y en una degradación de la persona humana, como no se cansa de señalar Francisco uniéndose a la tradición de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos.

Esta perversión consiste primero en considerar el trabajo meramente como una mercancía, para llegar incluso a comprar y vender seres humanos tratados como objetos de consumo y sometimientos y no estoy exagerado.

El crecimiento de la riqueza se ha convertido en objetivo primero y último de las naciones, sin considerar el desarrollo integral de la persona y la sociedad. Se asocia crecimiento únicamente al incremento del PBI, sin importar los aspectos fundamentales de la vida social.

No es raro que tal rimo irracional lleve a la carencia de horizontes de sentido, volviendo la vida insulsa. Una pequeña porción de la humanidad se dedica a consumir hasta el hartazgo, que no lleva a la felicidad sino a la evasión de la realidad. De este modo se provoca el crecimiento exponencial de residuos tóxicos y no reciclables, y se deja a millones de excluidos de las mínimas condiciones de dignidad.

A veces se le echa la culpa a una especie de “mano negra” a la cual se la imagina como poderosa e indomable. Como si “el mercado” fuera un líder despótico todopoderoso, que es capaz de tener “vida propia”. Llegamos a escuchar formulaciones tales como “los mercados están nerviosos”, o “hay sensibilidad en los mercados”. ¿No te parece absurdo?

Gente “inteligente”, periodistas “especializados” en números, pero no en humanismo, “economistas” con pensamiento mágico y que les falta asustarnos con “el hombre de la bolsa” para obedecer a reglas del juego basadas en la rentabilidad y la eficiencia.

Hemos quitado del centro a Dios y a su creatura más noble, el ser humano. Hemos colocado en el altar del mundo la acumulación de riqueza en pocos bolsillos, y así nos va.

Como ya expresaba San Juan Pablo II, cuando el hombre se comporta de este modo “en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él” – Centesimus annus, 37.

Por eso es importante “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” – LS 49.