El cuidado de la casa de todos
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
La casa de todos es mucho más que el lugar donde habitamos. Es el planeta que compartimos, el suelo que nos sostiene, el aire que respiramos, el agua que necesitamos y la red de relaciones que hace posible nuestra vida en común. Cuidarla no es una tarea reservada a especialistas ni una preocupación secundaria frente a otros problemas: es una responsabilidad ética, religiosa, social y política que compromete a cada persona, a cada comunidad y a cada institución.
Sin embargo, muchas veces tratamos nuestra casa común como si fuera un depósito de basura. Arrojamos residuos, contaminamos ríos y mares, destruimos bosques, agotamos los recursos naturales y dejamos que los desechos se acumulen en los lugares donde viven, trabajan y crecen millones de personas. En lugar de contemplar la Tierra como un jardín que debemos cultivar, la convertimos en un espacio de descarte. Esta actitud revela una profunda crisis de mirada: dejamos de reconocernos como parte de la naturaleza y comenzamos a comportarnos como si todo estuviera disponible para nuestro consumo ilimitado.
La imagen de un jardín ayuda a comprender la tarea que tenemos por delante. Es un espacio que necesita cuidado, paciencia, atención y colaboración. No crece únicamente porque se planten semillas; requiere agua, protección, tiempo y trabajo constante. Del mismo modo, una sociedad justa y un ambiente saludable no surgen de manera automática. Se construyen mediante decisiones responsables, hábitos solidarios y políticas que pongan la vida en el centro.
Los desiertos geográficos pueden expandirse cuando se destruyen los ecosistemas, se sobreexplotan los suelos o se altera el equilibrio del clima. Los desiertos interiores crecen cuando aceptamos como inevitable la exclusión, la pobreza y la destrucción de la naturaleza. Ambos procesos están relacionados. Allí donde se degrada el ambiente, suelen agravarse las desigualdades; y allí donde se desprecia la dignidad humana, también se vuelve más fácil destruir el territorio que esa comunidad habita. Son expresiones de una aridez que no es únicamente ambiental: también es humana.
El lunes 31 de agosto pasado la Comisión Episcopal de Pastoral Social dio a conocer un comunicado titulado: “Tiempo del Cuidado de la Creación: Desiertos que llegan a la ciudad”. Te invito a buscarlo y leerlo. En uno de
sus párrafos expresa: “Los desiertos no son solamente realidades geográficas; también existen ‘desiertos interiores’, espacios de vacío y soledad en el corazón humano. La degradación ambiental puede ser expresión de una crisis espiritual, de una desconexión profunda con el sentido de la vida y con el vínculo que nos une al Creador. Así como es necesario restaurar los ecosistemas, también necesitamos sanar nuestra aridez existencial, recuperando la esperanza, la solidaridad y el compromiso con el cuidado del ambiente”.
Una de las principales dificultades para cuidar la casa de todos es la vigencia de un paradigma tecnocrático que coloca en el centro el lucro y la eficiencia por encima de la persona humana y del bien de los pueblos. La tecnología y la eficiencia pueden ser herramientas valiosas, pero se vuelven peligrosas cuando dejan de estar al servicio de la vida y pasan a ser consideradas fines absolutos.
Desde esta lógica, todo tiende a medirse según su rentabilidad, su velocidad o su capacidad de producir beneficios. Un bosque aparece como madera disponible; un río, como una fuente de energía o un recurso económico; un suelo fértil, como una superficie para explotar; una persona, como una pieza de un sistema productivo. Lo que no genera ganancias inmediatas parece carecer de valor. Así, se relegan las necesidades de quienes tienen menos recursos y se posterga el cuidado de las generaciones futuras.
Una economía que produce riqueza mientras destruye el ambiente, enferma a las comunidades o expulsa a quienes habitan un territorio no puede considerarse plenamente humana.
“Cuidemos el planeta. No tenemos otro”.

