San Juan, 10 de septiembre de 2026
DestacadasVideos

Concierto «Poemas sinfónicos» de la Orquesta Sinfónica de la FFHA de la UNSJ en la UNCuyo

Compartir en tus redes

La Orquesta Sinfónica de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan ofrece el Viernes, 11 de Septiembre de 2026, a las 20:30 hs. en la Sala Roja de la Nave de la UNCuyo de la Provincia de Mendoza el Concierto «Poemas sinfónicos» bajo el Director M° Wolfgang Wengenroth.

En este contexto, Voces Paralelas desarrolló una Entrevista Periodística al Director de la Orquesta Sinfónica de la FFHA de la UNSJ, M° Wolfgang Wengenroth, quien describió la interesante propuesta musical para disfrutar.

Programa

  • Richard Strauss, Till Eulenspiegels lustige Streiche, op. 28
  • Maurice Ravel, Concierto para piano y Orquesta en Sol Mayor (1929 – 1931)
  • Richard Strauss: Don Juan, op. 20 (1888)

Solista

  • Pianista María Laiza

Más aportes del Programa de concierto

Este programa reúne tres obras en las que la imaginación orquestal y el virtuosismo ocupan un lugar central. Los dos poemas sinfónicos de Richard Strauss enmarcan el Concierto para piano en sol mayor de Maurice Ravel, estableciendo un diálogo entre la exuberancia del romanticismo tardío alemán y la precisión, transparencia y fascinación rítmica de la música francesa del siglo XX.

En Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, Strauss convierte la orquesta en un gran escenario teatral y describe las aventuras de un personaje irreverente que se burla de todas las convenciones. En el concierto de Ravel, la tradición de Mozart y Saint-Saëns se encuentra con el jazz, la música vasca y el ambiente cosmopolita de los años veinte. Finalmente, Don Juanpresenta otra figura que desafía las normas: ya no mediante la burla, sino a través de una búsqueda apasionada e insaciable del amor y de una existencia vivida con máxima intensidad.

Las tres obras exigen un extraordinario virtuosismo, pero éste nunca constituye un fin en sí mismo. En Strauss sirve a la narración y al drama; en Ravel, a la claridad y al juego de colores. El programa se convierte así en una celebración de la orquesta moderna y de su capacidad para narrar, seducir, sorprender y emocionar.

Richard Strauss (1864–1949)

Till Eulenspiegels lustige Streiche, op. 28

Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel

(1894–1895)

Richard Strauss tenía apenas treinta años cuando compuso Till Eulenspiegels lustige Streiche. Para entonces ya había encontrado en el poema sinfónico uno de los medios ideales para desarrollar su extraordinario talento narrativo. Después de Macbeth, Don Juan y Tod und Verklärung (Muerte y transfiguración), Strauss se acercó esta vez a un argumento muy diferente: las aventuras de uno de los grandes personajes populares de la tradición alemana.

Till Eulenspiegel aparece en relatos transmitidos desde finales de la Edad Media y publicados en forma impresa a comienzos del siglo XVI. Es un vagabundo, bromista y provocador que se enfrenta constantemente a las convenciones sociales. Sus víctimas pueden ser comerciantes, artesanos, clérigos, profesores o representantes de la autoridad. Till se toma literalmente las palabras de los demás, altera las reglas y pone en evidencia, mediante sus bromas, la hipocresía y las contradicciones de la sociedad.

Strauss había pensado inicialmente en convertir la historia en una ópera, pero abandonó el proyecto y concentró finalmente sus ideas en un poema sinfónico. El resultado, estrenado en Colonia en 1895, es una de las partituras más brillantes y difíciles de todo el repertorio orquestal.

La obra está escrita en un único movimiento, al que Strauss añadió la descripción “Nach alter Schelmenweise – in Rondeauform”: “a la antigua manera de los pícaros, en forma de rondó”.

Tras unos compases introductorios que parecen comenzar con las palabras “Érase una vez…”, aparece uno de los temas principales de Till, presentado por el corno. Es amplio, insolente y lleno de confianza. Poco después, el clarinete en reintroduce otro motivo, rápido, sinuoso e imprevisible, que representa el lado más burlón y escurridizo del personaje.

A partir de estos materiales, Strauss construye una sucesión vertiginosa de aventuras. Till atraviesa un mercado y provoca el caos, se burla de personajes respetables, adopta por momentos una actitud falsamente seria y aparece incluso como seductor. La orquesta cambia continuamente de carácter: una misma idea puede resultar heroica en un momento y grotesca pocos compases después.

Uno de los episodios más ingeniosos presenta a Till enfrentándose a los eruditos. El contrapunto se vuelve deliberadamente pedante, mientras el protagonista responde con irreverencia. Strauss demuestra aquí su capacidad para convertir incluso procedimientos técnicos de composición en elementos de humor teatral.

Pero el juego acaba adquiriendo consecuencias reales. Till es detenido y llevado ante un tribunal. Los severos acordes de los metales representan a los jueces, mientras el protagonista intenta responder todavía con sus habituales burlas. Por primera vez, éstas dejan de funcionar.

La sentencia es la muerte.

Strauss representa la ejecución con un gesto orquestal sorprendentemente directo: Till es ahorcado y su voz parece extinguirse.

Sin embargo, la obra no termina con la muerte. Regresa la música del comienzo, como si el narrador cerrara el libro de historias. Y en los últimos compases reaparece fugazmente el espíritu de Till. El individuo ha muerto, pero el personaje —la irreverencia, el humor y la resistencia frente a la autoridad— permanece.

Till Eulenspiegel es mucho más que una demostración de virtuosismo orquestal. Strauss consigue que cada instrumento se convierta en actor de un gigantesco teatro sin palabras. Ritmo, armonía, contrapunto y color instrumental participan directamente en la narración, haciendo de la obra una de las expresiones más perfectas del poema sinfónico.

Maurice Ravel (1875–1937)

Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1929–1931)

El Concierto para piano en sol mayor pertenece al último periodo creativo de Maurice Ravel y es una de las obras en las que se manifiesta con mayor claridad su fascinación por el ritmo, el jazz y la precisión instrumental.

Ravel comenzó a trabajar en el concierto en 1929, poco después de regresar de una extensa gira por Estados Unidos y Canadá. Durante aquel viaje había escuchado jazz en Nueva York y había conocido personalmente a George Gershwin. Pero su interés por esta música era anterior: el jazz se había convertido durante los años veinte en una presencia importante en París y había fascinado a numerosos compositores franceses.

Ravel pensó inicialmente interpretar él mismo la parte solista. Sin embargo, las dificultades técnicas de la partitura y sus crecientes problemas físicos hicieron que abandonara esa idea. La pianista Marguerite Long estrenó finalmente la obra en París el 14 de enero de 1932, con el propio Ravel dirigiendo la Orchestre Lamoureux.

Ravel declaró que pretendía escribir un concierto “en el sentido más exacto del término”: una obra brillante y ligera, siguiendo el espíritu de Mozart y Saint-Saëns, y no una composición que aspirara a la monumentalidad de una sinfonía.

Esta declaración resulta esencial para comprender la partitura. El virtuosismo es extraordinario, pero la orquesta nunca se convierte en una masa pesada. Cada instrumento posee un color perfectamente definido y la escritura conserva incluso en los momentos más densos una claridad casi camerística.

Movimientos

  1. Allegramente

Un golpe de látigo abre el concierto de manera espectacular. Inmediatamente aparece un mundo de enorme vitalidad: ritmos rápidos, percusión brillante, glissandi del piano y melodías que combinan influencias del jazz con recuerdos de la música popular vasca, estrechamente vinculada a los orígenes familiares de Ravel.

El piano no domina permanentemente la orquesta. Dialoga con ella y se integra en combinaciones cambiantes con flauta, piccolo, clarinete, trompeta y otros instrumentos. Los colores se suceden con una velocidad extraordinaria.

La influencia del jazz se percibe en las síncopas, en determinadas inflexiones melódicas y en la importancia de los instrumentos de viento y percusión. Sin embargo, Ravel nunca imita simplemente un estilo ajeno: integra estos elementos dentro de su propio lenguaje de extraordinaria precisión.

  1. Adagio assai

El segundo movimiento constituye uno de los contrastes más sorprendentes de todo el repertorio concertante. Después de la exuberancia del primer movimiento, el piano comienza solo con una extensa melodía de aparente sencillez.

Ravel afirmó que esta página, que parece fluir con absoluta naturalidad, le había costado un enorme esfuerzo. Tomó como referencia el movimiento lento del Quinteto para clarinete de Mozart y construyó cuidadosamente una melodía cuya continuidad parece desafiar la regularidad del acompañamiento.

Cuando entra la orquesta, no destruye la intimidad inicial. Los instrumentos aparecen individualmente, como voces que se suman a una conversación. Especialmente memorable es el largo solo del corno inglés, que dialoga con las delicadas figuraciones del piano.

El resultado es una música suspendida, serena y profundamente melancólica, en la que el tiempo parece detenerse.

III. Presto

Sin transición contemplativa, el final irrumpe con una energía vertiginosa. Es un movimiento breve y concentrado en el que piano y orquesta participan en una auténtica carrera.

Los vientos adquieren un protagonismo extraordinario, la percusión subraya los ritmos incisivos y el piano despliega una escritura de enorme dificultad. Aparecen gestos humorísticos, bruscos contrastes y ecos del jazz y de la música de circo.

Todo sucede a enorme velocidad, pero nada resulta accidental. Bajo la apariencia de espontaneidad existe la precisión casi artesanal característica de Ravel.

El concierto termina de manera repentina y brillante, cerrando una obra en la que elegancia clásica, modernidad urbana, jazz y virtuosismo encuentran un equilibrio excepcional.

Richard Strauss

Don Juan, op. 20 (1888)

Si Till Eulenspiegel muestra a Strauss como maestro del humor y de la caracterización, Don Juan revela el otro gran aspecto de su personalidad juvenil: la pasión llevada hasta sus últimas consecuencias.

Strauss compuso Don Juan entre 1887 y 1888 y dirigió su estreno en Weimar el 11 de noviembre de 1889. Tenía solamente veinticinco años. El éxito de la obra fue decisivo para su carrera y anunció la aparición de una nueva personalidad dentro de la música alemana.

Strauss no se inspiró directamente en el Don Giovanni de Mozart ni en las versiones tradicionales de la leyenda, sino fundamentalmente en el poema dramático Don Juan de Nikolaus Lenau.

El Don Juan de Lenau no es simplemente un coleccionista de conquistas amorosas. Busca en cada mujer una manifestación de un ideal absoluto de belleza y amor que nunca consigue encontrar plenamente. Su tragedia nace precisamente de esa imposibilidad: ninguna experiencia concreta puede satisfacer su deseo infinito.

Strauss coloca al comienzo de la partitura algunos versos de Lenau que expresan esa búsqueda insaciable. La música comienza sin preparación: un gesto explosivo de toda la orquesta lanza inmediatamente al protagonista hacia la aventura.

La obra está escrita en un solo movimiento y posee una construcción libre relacionada con la forma sonata, aunque el desarrollo musical está determinado sobre todo por la sucesión y transformación de los diferentes caracteres.

El tema principal de Don Juan es impetuoso, ascendente y lleno de energía. No hay vacilación: desde los primeros segundos encontramos a un personaje que parece querer apropiarse del mundo.

A este impulso se contraponen diferentes episodios amorosos. Strauss caracteriza a las mujeres no mediante retratos concretos, sino mediante distintos mundos líricos. Entre ellos destaca el célebre solo de oboe, una de las melodías más extensas y sensuales de toda su producción.

Más adelante aparece en los cornos uno de los grandes temas heroicos de Strauss. Don Juan parece alcanzar por un momento la plenitud: la orquesta se expande hasta adquirir una luminosidad extraordinaria.

Pero esa plenitud tampoco puede durar.

Los temas regresan, se superponen y adquieren progresivamente una intensidad casi febril. La búsqueda de Don Juan continúa porque ninguna experiencia puede satisfacer aquello que persigue.

El desenlace de Strauss resulta particularmente extraordinario. Después de una música dominada durante casi toda la obra por la energía y la sensualidad, el final no ofrece una apoteosis heroica. Don Juan pierde el deseo de continuar. En el poema de Lenau permite finalmente que su adversario lo mate.

La orquesta se derrumba. Tras el último estallido queda una conclusión enigmática, fría y casi vacía. La energía que parecía inagotable al comienzo se ha extinguido.

Precisamente este final convierte Don Juan en algo más profundo que un brillante retrato de un seductor. Strauss describe el fracaso de una búsqueda imposible: el deseo de encontrar en la experiencia finita una plenitud absoluta.

Virtuosismo, libertad y deseo

Colocar Till Eulenspiegel y Don Juan a ambos lados del concierto de Ravel permite contemplar tres formas muy diferentes de libertad musical.

Till desafía las reglas mediante el humor. Don Juan las desafía mediante el deseo. El piano de Ravel se mueve entre ambos mundos con otra forma de independencia: la libertad del juego, del ritmo y del color.

También los tres protagonistas mantienen una relación particular con la sociedad que los rodea. Till se burla abiertamente de ella; Don Juan intenta vivir al margen de sus límites; Ravel, desde la distancia del siglo XX, toma elementos procedentes de mundos diversos —Mozart, jazz, música vasca, cabaret y tradición francesa— y los reúne sin reconocer fronteras estilísticas rígidas.

Existe además una fascinante simetría entre los dos poemas sinfónicos. Tanto Till como Don Juan viven con una intensidad extraordinaria y ambos terminan muriendo. Pero sus finales son completamente diferentes. Till es vencido físicamente, pero su espíritu parece sobrevivir; Don Juan, en cambio, permanece físicamente capaz de luchar, pero pierde interiormente la voluntad de hacerlo.

Entre ambos se encuentra Ravel. Su concierto evita tanto la narración trágica como la grandilocuencia filosófica y celebra algo más inmediato: el placer de hacer música. Después del golpe de látigo que pone en marcha el primer movimiento, atravesamos el tiempo suspendido del Adagio assai y desembocamos en la vertiginosa vitalidad del Presto.

Así, el programa puede escucharse como un gran recorrido por tres dimensiones de la existencia: la risa, la contemplación y la pasión. Y detrás de ellas encontramos a tres maestros de la orquesta que, con medios completamente diferentes, transformaron el virtuosismo en una forma de imaginación.

Entradas

El Concierto es libre y gratuita con reserva y cupo limitado a la capacidad de la sala.

La misma se puede adquirir por Entrada Web o bien en la boletería de la Nave, de 17.30 a 22 hs.

Es importante aclarar que el ingreso al público está habilitado 30 minutos antes del inicio de la función. Se ruega puntualidad porque una vez iniciado el concierto no se permite el ingreso al público en la sala.

Práctica en la Sala del Teatro TeS

Transmitimos un pequeño fragmento de la preparación de la Orquesta Sinfónica de la FFHA de la UNSJ del Concierto «Poemas sinfónicos» bajo el Director M° Wolfgang Wengenroth.