San Juan, 24 de agosto de 2026
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Concierto en Conmemoración del Martirio de San Juan Bautista de la Orquesta Sinfónica de la FFHA de la UNSJ

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El Miércoles, 26 de Agosto, a las 21:00 hs.; en la Catedral de San Juan, la Orquesta Sinfónica de la de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Arte de la Universidad Nacional de San Juan brinda el concierto en Conmemoración del Martirio de San Juan Bautista. La Entrada libre y gratuita.

 

Programa

Sinfonía Concertante k364, Wolfgang A. Mozart

  • Solistas Rossana Migani – Violín, Daniel Sanchez – Viola

Sinfonía N. 41 K551 (Júpiter), Wolfgang A. Mozart

Director: Wolfgang Wengenroth

Director de la Orquesta Sinfónica de la UNSJ, M° Wolfgang Wengenroth

Programa de concierto

El presente programa reúne dos obras maestras de Wolfgang Amadeus Mozart que muestran, desde perspectivas muy diferentes, la extraordinaria amplitud de su lenguaje instrumental. La Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, KV 364, pertenece a uno de los momentos de mayor madurez de su juventud y combina la intimidad de la música de cámara con la amplitud de la escritura orquestal. La Sinfonía n.º 41 en do mayor, KV 551, “Júpiter”, compuesta nueve años después, representa en cambio la culminación de toda su producción sinfónica: una obra en la que luminosidad, energía, equilibrio clásico y extraordinaria complejidad contrapuntística alcanzan una síntesis casi perfecta.

La interpretación de estas obras en la Catedral de San Juan, en fechas próximas a la conmemoración del martirio de San Juan Bautista, ofrece además un contexto particular para su escucha. Ninguna de las dos composiciones fue concebida con una finalidad religiosa ni guarda una relación histórica directa con el santo. Sin embargo, el recorrido desde el dolor y la introspección hacia la afirmación y la luz que puede percibirse a lo largo del programa adquiere en este espacio una resonancia especial: la memoria del martirio no representa únicamente la muerte, sino también la fidelidad a una convicción y la esperanza de una realidad que trasciende la existencia terrenal.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1791)

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, KV 364

Mozart compuso la Sinfonía concertante probablemente en Salzburgo en 1779, poco después de regresar de un largo viaje que lo había llevado a Mannheim y París. Aquellos años fueron decisivos para su desarrollo. En Mannheim había conocido una de las mejores orquestas de Europa y descubierto nuevas posibilidades de dinámica, color y escritura instrumental; en París entró en contacto con un género especialmente apreciado por el público francés: la symphonie concertante, situada a medio camino entre la sinfonía y el concierto para varios solistas.

Mozart transformó ese género, frecuentemente brillante y destinado al lucimiento instrumental, en algo mucho más profundo. Violín y viola no se enfrentan como dos virtuosos que compiten entre sí, sino que forman una pareja de voces estrechamente relacionadas. Se imitan, se acompañan, intercambian ideas y completan mutuamente sus frases. Por momentos parecen dos personajes que mantienen una conversación íntima delante de la orquesta.

La elección de la viola es especialmente significativa. Mozart tenía una particular predilección por este instrumento y, cuando participaba personalmente en la música de cámara, disfrutaba tocando la viola. En esta obra le concede una posición absolutamente equivalente a la del violín.

Para reforzar su presencia sonora, Mozart utiliza además un recurso extraordinario: la parte de viola está escrita originalmente en re mayor y debe interpretarse con el instrumento afinado un semitono más alto, procedimiento conocido como scordatura. De esta manera, la viola adquiere mayor brillo y proyección y puede dialogar en igualdad de condiciones con el violín.

La orquesta posee también una sonoridad particularmente rica. A las cuerdas se suman dos oboes y dos cornos, mientras las violas orquestales están divididas en dos grupos. Este detalle oscurece y densifica el registro medio, creando un color cálido que distingue la obra de muchos otros conciertos mozartianos.

Movimientos

  1. Allegro maestoso

El comienzo posee una amplitud casi ceremonial. La orquesta presenta un extenso tutti en mi bemol mayor, noble y luminoso, antes de que aparezcan los dos solistas. Su entrada constituye uno de los momentos más mágicos de la obra: violín y viola parecen surgir juntos del interior del sonido orquestal.

A partir de ese momento comienza un diálogo extraordinariamente flexible. Los dos instrumentos se alternan continuamente en los papeles de protagonista y acompañante; una frase iniciada por uno puede ser completada por el otro, mientras que en otros momentos avanzan unidos en terceras, sextas o movimientos paralelos. Mozart consigue así que la forma concertante adquiera la intimidad de un dúo.

El carácter maestoso no significa pesadez. Por el contrario, la música combina solemnidad con movimiento y elegancia, y la riqueza de la escritura orquestal otorga al movimiento dimensiones casi sinfónicas.

  1. Andante

El segundo movimiento, en do menor, constituye el corazón emocional de la obra y una de las páginas más profundas de todo el Mozart instrumental.

Tras la luminosidad del primer movimiento, la música entra súbitamente en un mundo de dolor y recogimiento. Violín y viola desarrollan un diálogo de carácter casi vocal, semejante a un gran dúo operístico sin palabras. Las frases se interrumpen, se responden y parecen compartir una misma lamentación.

La intensidad del movimiento resulta aún más sorprendente por la ausencia de cualquier elemento exterior o descriptivo. Mozart no necesita un texto para crear una verdadera escena dramática: los dos instrumentos parecen convertirse en dos voces humanas que expresan pérdida, compasión y consuelo.

Escuchado en el ámbito de la Catedral y en proximidad a la conmemoración del martirio de San Juan Bautista, este Andante puede adquirir una resonancia particular. No porque Mozart pretendiera representar un martirio, sino porque su música alcanza aquí una dimensión universal del duelo: el dolor se expresa sin desesperación y encuentra, en el diálogo entre las dos voces, una forma de acompañamiento y consuelo.

III. Presto

Sin interrupciones psicológicas innecesarias, el último movimiento devuelve la obra a mi bemol mayor y transforma completamente su atmósfera. El Presto posee la agilidad y el humor de un final operístico.

Violín y viola se persiguen, intercambian motivos y despliegan un virtuosismo brillante que nunca pierde su carácter lúdico. Después de la profundidad del Andante, esta recuperación de la energía resulta especialmente significativa: la oscuridad no constituye el punto final de la obra.

La Sinfonía concertante describe así, sin necesidad de un programa literario, un arco extraordinariamente humano: de la plenitud inicial al dolor y, finalmente, del dolor nuevamente a la vida.

Wolfgang Amadeus Mozart

Sinfonía n.º 41 en do mayor, KV 551, “Júpiter”

Mozart terminó su última sinfonía el 10 de agosto de 1788, en Viena. En apenas unas semanas había escrito sus tres últimas sinfonías: la n.º 39 en mi bemol mayor, la célebre n.º 40 en sol menor y, finalmente, la n.º 41 en do mayor.

Las circunstancias concretas para las que fueron compuestas siguen sin conocerse por completo. Lo extraordinario es que, en un periodo relativamente difícil de su vida, Mozart produjo tres obras que parecen resumir y superar toda su experiencia sinfónica anterior.

El sobrenombre “Júpiter” no procede de Mozart y comenzó a difundirse después de su muerte. Sin embargo, la asociación con el dios supremo de la mitología romana resulta comprensible ante la majestuosidad, la luminosidad y las proporciones de la obra. La tonalidad de do mayor, reforzada por trompetas y timbales, confiere a la sinfonía un carácter radiante y ceremonial.

Pero bajo esa apariencia de claridad se encuentra una de las partituras intelectualmente más sofisticadas de Mozart. La Júpiter une dos mundos que podrían parecer opuestos: la elegancia y simetría del clasicismo y la tradición contrapuntística que Mozart había estudiado profundamente a través de Bach y Händel. Esa unión alcanza su culminación en el último movimiento.

Movimientos

  1. Allegro vivace

La sinfonía comienza sin introducción lenta y establece inmediatamente su carácter mediante un gesto enérgico de toda la orquesta, seguido por una respuesta más suave. Desde los primeros compases aparece uno de los principios esenciales del movimiento: el contraste.

Mozart enfrenta constantemente lo solemne y lo ligero, lo marcial y lo cantabile. Incluso introduce hacia el final de la exposición una melodía de carácter casi operístico, demostrando con qué naturalidad podía integrar mundos expresivos diferentes dentro de una forma sinfónica rigurosa.

El resultado es una música de gran vitalidad, en la que cada contraste contribuye a una arquitectura perfectamente equilibrada.

  1. Andante cantabile

El segundo movimiento, en fa mayor, abre un espacio completamente diferente. Las cuerdas con sordina crean un sonido contenido y delicado, pero bajo la serenidad inicial aparecen armonías oscuras, cromatismos y momentos de notable tensión.

El calificativo cantabile resulta esencial: la música parece cantar, aunque ese canto está atravesado por sombras. La aparente tranquilidad se vuelve una y otra vez inquietante, como si Mozart quisiera recordar que serenidad y sufrimiento pueden existir simultáneamente.

Dentro del contexto de este concierto, este movimiento prolonga de una manera distinta el mundo interior del Andante de la Sinfonía concertante: no es una lamentación abierta, sino una meditación en la que luz y oscuridad conviven continuamente.

III. Menuetto: Allegretto

El minueto devuelve a la sinfonía un carácter más exterior. Sin embargo, tampoco se trata simplemente de una danza cortesana. Su amplitud y su escritura orquestal le confieren una presencia casi sinfónica.

El Trio introduce un carácter más ligero y misterioso y contiene giros musicales que anticipan elementos fundamentales del movimiento final. De esta manera, Mozart comienza discretamente a preparar la extraordinaria culminación de toda la sinfonía.

  1. Molto allegro

El último movimiento constituye una de las mayores realizaciones contrapuntísticas del siglo XVIII. Comienza con un motivo extraordinariamente sencillo de cuatro notas, pero Mozart irá combinándolo con otros temas hasta construir una arquitectura de creciente complejidad.

Lo asombroso es que esa complejidad nunca se convierte en pesadez académica. La música conserva permanentemente su energía, claridad y sensación de espontaneidad. Forma sonata, fuga y contrapunto se integran hasta resultar inseparables.

En la coda, Mozart lleva este principio hasta sus últimas consecuencias: cinco temas diferentes aparecen simultáneamente, combinados en un contrapunto de extraordinaria precisión. Lo que podría haber sido un ejercicio intelectual se convierte en una explosión de energía y luminosidad.

Por ello, el final de la Júpiter puede entenderse como algo más que la conclusión de una sinfonía. Es también la culminación de la trayectoria sinfónica de Mozart: una demostración de que disciplina y libertad, razón y emoción, tradición e imaginación pueden coexistir dentro de una misma obra.

Una música entre oscuridad y luz

Interpretar estas dos obras en la Catedral de San Juan, cerca de la conmemoración del martirio de San Juan Bautista, permite escuchar el programa desde una perspectiva adicional. El vínculo no debe buscarse en una intención religiosa que Mozart nunca expresó para estas partituras, sino en el arco espiritual que las propias obras hacen posible.

Según el relato evangélico, Juan Bautista acepta las consecuencias de mantenerse fiel a aquello que considera verdadero. Su martirio representa por ello tanto una tragedia humana como un testimonio de convicción y esperanza. En el espacio de una catedral dedicada a su memoria, la extraordinaria alternancia mozartiana entre dolor, consuelo y luminosidad puede adquirir una profundidad particular.

El Andante de la Sinfonía concertante conduce hacia uno de los paisajes más dolorosos de Mozart, pero la obra no termina allí: el Presto recupera movimiento, alegría y vitalidad. La Sinfonía “Júpiter”, por su parte, culmina en un final en el que múltiples voces aparentemente independientes encuentran finalmente una unidad superior.

Sin convertir música profana en un relato religioso que históricamente no le pertenece, el contexto de este concierto permite descubrir una afinidad poética: de la oscuridad puede surgir la luz; del dolor, una afirmación de la vida; y de muchas voces diferentes, una forma de unidad. En la cercanía de la memoria de San Juan Bautista, esa trayectoria puede ser escuchada no sólo como una experiencia estética, sino también como una invitación a la reflexión.