San Francisco de Asís y el amor hasta la cordura
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
En 2026 se cumplen ochocientos años de la muerte de san Francisco de Asís. Ocho siglos después, su figura continúa hablando con una fuerza sorprendente a un mundo que necesita reconciliarse con Dios, con los demás y con la casa común. Fue un creyente que se dejó transformar por el amor de Cristo hasta alcanzar una libertad nueva, una alegría profunda y una fraternidad capaz de abrazar a todos y a todo.
Su camino comenzó en Asís, en el corazón de Italia, en una época marcada por las diferencias sociales, las guerras y las ambiciones de poder. Nació en una familia acomodada y, durante su juventud, soñó con la gloria, los honores y las aventuras propias de un caballero. Sin embargo, una experiencia interior fue cambiando poco a poco el rumbo de su vida. En el silencio de la oración, escuchó una voz que le decía: «Francisco, ve y repara mi Iglesia, que está en ruinas».
Él tomó aquellas palabras en un primer momento de manera literal. Se dirigió a la capilla de San Damián, que estaba deteriorada, y comenzó a reconstruirla con sus propias manos. Levantó piedra por piedra aquel pequeño templo, como quien responde con humildad a una tarea concreta y urgente. Pero, con el tiempo, comprendió que el llamado iba mucho más allá de las paredes de un edificio.
Debía reparar también la comunidad de los creyentes: una Iglesia necesitada de sencillez, de pobreza evangélica, de fraternidad y de confianza en Dios.
Francisco se sabía amado tiernamente por Jesús. Ese descubrimiento fue el centro de su existencia. Alabar al Señor se convirtió en su mayor deseo. Por eso fue llamado el juglar de Dios: un hombre que cantaba, celebraba y anunciaba la alegría del Evangelio con toda su vida.
Para él, la fe no podía separarse del modo concreto de mirar y tratar a cada persona. Si Dios es Padre, entonces todos somos hermanos. El pobre, el enfermo, y el marginado dejaron de ser para él personas a las que debía evitar. En ellos aprendió a reconocer rostros heridos que también merecían cercanía y ternura.
El encuentro con el leproso fue decisivo en su conversión. Aquello que antes le resultaba amargo y repulsivo se transformó, por la gracia de Dios, en una ocasión de novedad. Francisco descubrió que el amor no consiste solamente en sentir simpatía por quienes se parecen a nosotros. Amar significa acercarse también a quienes nos incomodan, nos cuestionan o ponen a prueba nuestras seguridades. En ese gesto se fue haciendo realidad su deseo de vivir el Evangelio con radicalidad.
En el Cántico de las criaturas, Francisco llamó hermanos y hermanas al sol, a la luna, al viento, al agua, al fuego y a la tierra. Su mirada nacía de la fe: toda criatura procede de Dios y, a su manera, alaba al Creador. El vínculo con la creación se convertía así en un camino espiritual. Cuidar la tierra es reconocer que no somos dueños absolutos, sino responsables de un regalo que recibimos y debemos transmitir.
Esta sensibilidad conserva una enorme actualidad. En un tiempo atravesado por la contaminación, el consumo desmedido y el deterioro de los ecosistemas, el Santo de Asís nos invita a recuperar una relación más humilde con la casa común. La alabanza verdadera no se expresa solo con palabras: también se manifiesta en la sobriedad, la responsabilidad y el respeto por toda forma de vida. La pobreza que Francisco eligió fue una libertad interior frente a la acumulación y al deseo de poseerlo todo.
En esa misma senda se inscribe su amistad con santa Clara. Ambos compartieron una profunda pasión por Jesús y un deseo sincero de vivir el Evangelio en pobreza y oración. Clara no fue una discípula secundaria ni una figura marginal. Su camino espiritual abrió un espacio decisivo para tantas mujeres que también querían seguir a Cristo con radicalidad. Su relación estuvo marcada por la amistad espiritual, el respeto y la colaboración. Juntos ayudaron a que nacieran caminos de consagración centrados en la sencillez, la oración, el servicio y la confianza en la Providencia.
Francisco murió con apenas cuarenta y cuatro años. Recibió a la muerte como hermana, no porque ignorara el dolor ni la fragilidad, sino porque confiaba en que la vida no terminaba en la nada. Para quien había aprendido a llamar hermanos y hermanas a todas las criaturas, también la muerte podía ser acogida dentro del misterio de Dios.
La huella de San Francisco llegó también al ministerio del papa Francisco, quien eligió ese nombre al comenzar su servicio como obispo de Roma. La elección evocaba al Santo de Asís y su deseo de una Iglesia pobre y servidora, cercana a los descartados y comprometida con el cuidado de la creación.
Este fin de semana varios cientos de jóvenes de diversos Movimientos de la Arquidiócesis están misionando en la localidad de Caucete, compartiendo la alegría de la fe. Los acompañamos con el cariño y la oración.

