San Juan, 10 de octubre de 2026
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Uno en Cristo, unidos en la misión

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Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

Nadie puede anunciar con entusiasmo aquello que no ha experimentado. La misión cristiana no comienza con una actividad, un programa o una estrategia pastoral; empieza cuando una persona se encuentra con Jesús, descubre su amor y permite que su vida sea renovada por Él.

Quien se deja alcanzar por el Señor comprende que la fe es un tesoro para compartir. El amor recibido se convierte en una invitación a salir al encuentro de los demás. Por eso, la misión no consiste únicamente en hablar de Dios, sino en hacer visible, con palabras y gestos concretos, que Jesucristo está vivo, acompaña a su pueblo y ofrece a cada persona una vida nueva.

Los días 10 y 11 de octubre de 2026, la Iglesia que peregrina en Argentina celebrará la Jornada Mundial de Oración por las Misiones, una oportunidad para renovar el compromiso misionero de todo el Pueblo de Dios. Bajo el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”, se nos invita a mirar nuevamente el corazón de la misión: el encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo, que transforma la vida y despierta en nosotros el deseo de darlo a conocer.

Por el Bautismo, todos los cristianos somos incorporados al mismo cuerpo de Cristo. Esta pertenencia común nos une profundamente y nos recuerda que nadie vive la fe de manera aislada. Cada bautizado tiene una vocación y una responsabilidad dentro de la misión de la Iglesia, según sus dones, su estado de vida y las circunstancias concretas en las que se encuentra.

La misión ad gentes —el anuncio del Evangelio a los pueblos y ámbitos donde Cristo aún no es conocido— no es tarea exclusiva de algunos especialistas, sacerdotes, religiosas o laicos que parten hacia tierras lejanas. Es responsabilidad de toda la Iglesia. Algunos son llamados a ir, otros a acompañar, a sostener, a rezar, a formar comunidades y a ofrecer sus capacidades. Todos, sin embargo, estamos llamados a participar de la misión universal de la Iglesia.

Esta conciencia nos impulsa a superar la indiferencia y a reconocer que las alegrías, desafíos y necesidades de las comunidades misioneras también nos pertenecen. Cuando un miembro del cuerpo sufre, toda la Iglesia se siente interpelada; cuando una comunidad

anuncia el Evangelio y sirve a los más vulnerables, toda la Iglesia participa de esa fecundidad.

Hoy estamos llamados, ante todo, a rezar. La oración abre el corazón a la acción del Espíritu Santo, sostiene a quienes anuncian el Evangelio y pide que surjan nuevas vocaciones misioneras.

A la oración se une la ayuda económica. Las comunidades y los misioneros necesitan recursos para llevar adelante su tarea, acompañar a las familias, sostener la formación, atender a quienes sufren y desarrollar obras pastorales y sociales. La colaboración económica, ofrecida con generosidad y espíritu fraterno, permite que la misión llegue a lugares donde las necesidades son grandes y los medios, escasos. Cada aporte, aun el más sencillo, expresa comunión y hace posible que el anuncio del Evangelio continúe abriendo caminos.

Así, la misión se vuelve creíble mediante las obras de misericordia. La predicación cristiana alcanza el corazón cuando está acompañada por la cercanía, la escucha, el cuidado y el servicio concreto. Dar de comer al que tiene hambre, acompañar al enfermo, visitar al que está solo, sostener al que atraviesa una dificultad y defender la dignidad de cada persona.

El mismo Papa León XIV nos da su testimonio: “Las oraciones y contribuciones de los fieles alentaron y sostuvieron mi labor misionera en Perú, así como la de innumerables personas en todo el mundo”. Expresemos nuestro compromiso con las misiones.