San Juan, 23 de mayo de 2026
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Tuve miedo y me escondí

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Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

Todos conocemos la sensación de miedo: ese nudo en el estómago, las manos frías, el impulso casi instintivo de escondernos. Pero, ¿qué tiene que ver esto con Pentecostés y la llegada del Espíritu Santo? Mucho más de lo que imaginamos. Pentecostés es la fiesta de un cambio profundo, de una transformación capaz de atravesar nuestros temores más hondos y regalarnos comunión, coraje y esperanza. Es la culminación y cumbre de la Pascua.

El miedo no es ajeno a la experiencia humana. Desde las primeras páginas de la Biblia, aparece como una sombra. Adán, tras desobedecer, escucha la voz de Dios en el jardín y responde: “Tuve miedo y me escondí”. El miedo brota de la culpa, de la conciencia de haber fallado, de sentirnos vulnerables y expuestos.

Algo similar ocurre en la infancia: cuando un niño hace una travesura, suele correr a esconderse, temeroso de la reacción de sus padres. Es un miedo instintivo, que nos aísla y corta los lazos con quienes más necesitamos.

Hoy no nos escondemos detrás de arbustos, pero buscamos refugio en silencios, en excusas, en la distancia emocional. Nos da miedo la soledad, el rechazo, el no ser comprendidos. Nos asusta el fracaso, la pérdida de la salud o del trabajo, el no sentirnos valiosos o queridos. Estos temores pueden paralizarnos y alejarnos de los demás, creando muros invisibles que nos impiden vivir con plenitud.

Después de la resurrección, Jesús se aparece a sus discípulos y les repite una y otra vez: “No tengan miedo”. Jesús entiende nuestros temores, los conoce, y nos invita a dar un paso más allá: confiar, abrirnos, atrevernos a salir de nuestros escondites. Su presencia resucitada es garantía del triunfo de la vida sobre la muerte, la luz sobre la oscuridad, el amor sobre el miedo.

La escena de Pentecostés comienza con un grupo pequeño, temeroso, reunido a puertas cerradas. No es una comunidad perfecta. Los discípulos sienten el peso de la incertidumbre y la inseguridad, y el remordimiento de haberle fallado a Jesús. Pero, de repente, el Espíritu Santo irrumpe como un viento impetuoso y lenguas de fuego se posan sobre cada uno.

Pentecostés marca la diferencia. Ya no se ocultan: se convierten en testigos apasionados, capaces de enfrentar riesgos, incomprensiones y desafíos. La Iglesia nace así, no como un refugio para asustados, sino como una comunidad en salida, llamada a transmitir esperanza, consuelo y la Buena Noticia a todos los rincones.

El Espíritu Santo no anula nuestras diferencias; al contrario, las hace fecundas. Pentecostés es la fiesta de la comunión en la diversidad. Cada uno recibe un don, un fuego particular; todos se entienden en una lengua común: la del amor que une y construye comunidad. No se trata de perder la propia identidad, sino de sumarla a un horizonte más amplio, donde la riqueza está en la variedad y la comunión.

Este fin de semana estamos participando en Córdoba del Encuentro Nacional de Grupos Misioneros con el lema “En comunión, somos misión”. Acompañanos con tu oración y afecto. El Espíritu Santo enciende la audacia y la pasión. Nos impulsa a salir de nuestras comodidades y atrevernos a ser testigos, a dar la cara por el Evangelio, a tender la mano a quien sufre, a alzar la voz por la justicia y la paz. Nos regala el coraje de vivir y anunciar la fe, incluso en ambientes hostiles o indiferentes.

El miedo es real y forma parte de la condición humana, pero no tiene la última palabra. Pentecostés nos recuerda que el Espíritu Santo puede transformar nuestras noches en amaneceres, nuestros encierros en caminos nuevos, nuestros temores en esperanza. Hoy, más que nunca, estamos invitados a abrir el corazón y las puertas de nuestras comunidades a su acción. Que el Espíritu nos regale vivir sin escondernos y ser luz en medio del mundo. María Auxiliadora, ¡ruega por nosotros!

Que la memoria del 25 de mayo de 1810 nos impulse al compromiso y la participación ciudadana.