Predicación en la Misa Crismal 2026 «El Espíritu del Señor y la Armonía de la Iglesia»
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
Introducción: Un encuentro de gracia y misión
Queridos hermanos y hermanas, obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas, miembros de la Vida Consagrada, y fieles representantes de cada comunidad de nuestra querida Arquidiócesis de San Juan de Cuyo: hoy es un día de fiesta , de esperanza y de renovación en el contexto de la Semana Santa ya iniciada. Nos reunimos para celebrar la Misa Crismal, donde se consagran los santos óleos, signo visible de la acción del Espíritu Santo entre nosotros. Aquí nos convoca Cristo, el Señor, para recordarnos que, más allá de nuestros caminos vocacionales particulares, somos parte de un solo cuerpo, una sola Iglesia, animada y guiada por su Espíritu.
El Espíritu del Señor: enviado a todos, abarcando todo el cuerpo eclesial
Volvemos a proclamar el Evangelio de San Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado…” Estas palabras, pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret, resuenan hoy en la Iglesia Catedral y en nuestro corazón. El Espíritu, propiamente se derrama en el Mesías. Él es en Enviado del Padre.
Pero a partir de la Pascua es derramado sobre toda la Iglesia, abarcando vocaciones, ministerios y carismas de cada uno de sus miembros. Es un Espíritu que anima, consuela, impulsa a la comunión-participación-misión. Nadie queda fuera del alcance amoroso de Dios; el Espíritu es enviado a todos, sin distinción, para que cada uno aporte su don al bien común y a la gloria del Señor.
Vocaciones, ministerios y carismas: diversidad en unidad
La Iglesia en Cristo es sacramento de comunión (LG 1), un pueblo de rostros, historias, talentos y vocaciones. Obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos, laicos; ministros del altar, servidores de la caridad, catequistas, animadores, familias y jóvenes. Cada uno ha sido llamado a contribuir a la vida del cuerpo eclesial. La diversidad no es motivo de disgregación, sino de riqueza. El Espíritu une y armoniza, haciendo que la variedad de ministerios se torne sinfonía y no cacofonía o sumatoria de ruidos. Como el aceite que unge, el Espíritu nos empapa y nos da brillo ante el mundo, mostrando la belleza de una Iglesia viva y diversa.
La armonía en la Iglesia no es uniformidad ni mera tolerancia. Es arte, disposición y belleza. Cada miembro, con su historia y sus dones, suma y embellece la obra de Dios. El Espíritu nos enseña a escuchar, a valorar y a acoger al otro, incluso cuando sus caminos parecen distintos de los nuestros. La armonía se construye en la humildad, en el servicio y en la confianza mutua. Como una orquesta donde cada instrumento tiene su lugar, así en la Iglesia cada vocación y carisma resuena para crear una melodía de esperanza y unidad.
El Tercer Sínodo Sanjuanino nos ha regalado experimentar el caminar juntos, rezar y discernir. Nos toca ahora asumir el Documento Final y disponernos a la Escucha, Espiritualidad y Misión.
Alegría de ser Iglesia: comunión de miembros vivos
Ser parte de la Iglesia es motivo de alegría profunda. No somos espectadores, sino miembros vivos, llamados a la comunión. Esta alegría nace de sabernos amados y enviados por el Espíritu. En la Misa Crismal, renovamos nuestra pertenencia y nuestra entrega. La comunión no es una formulación teológica abstracta, sino una experiencia concreta: nos hacemos uno en Cristo, compartiendo gozos y penas, luchas y sueños. La alegría de la comunión es el mayor testimonio que podemos ofrecer al mundo.
Del individualismo a la comunión: lavatorio de los pies y sinodalidad
Jesús nos dejó el gesto del lavatorio de los pies, señal de que la grandeza cristiana está en el servicio. El Papa León XIV nos enseña que “cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada” (DT 79)
Somos comunidad a la cual Jesús mismo viene a servir. Somos “servidores servidos” por el Maestro, tratados por Él con inmensa ternura.
El paso del individualismo a la comunión es un camino exigente, pero necesario. La sinodalidad, a la que nos invitó el Papa Francisco, y a la cual vuelve a convocarnos el Santo Padre León XIV, es la expresión de este arte de caminar juntos, discernir juntos, construir juntos. No se trata de apagar la voz de ninguno, sino de escuchar y acoger cada voz en el Espíritu. De este modo la Iglesia se hace más cercana, más humana y más divina al mismo tiempo.
Superar la tentación de aislamiento: ideologías y malestar afectivo
A veces, la tentación de aislarse, de encerrarse en ideologías o en el propio malestar, nos aparta de la comunión y de la misión. El Espíritu nos llama a salir de nosotros mismos, a dejar atrás las divisiones, los resentimientos y las etiquetas. El aislamiento debilita, mientras que la comunión fortalece. No dejemos que el cansancio o las diferencias nos lleven al desencanto. Abramos el corazón al Espíritu, que nos impulsa a la reconciliación, al diálogo y al encuentro.
Un llamado a los sacerdotes
En el seno de este Pueblo Sacerdotal Jesús nos regala la vocación y misión del Orden Sagrado. Llama a algunos para servir de modo especial a la vida de la fe. Demos gracias a Dios por el regalo de los sacerdotes que tenemos. Ellos
entregan la vida con amor siguiendo los pasos de Jesús. Como destaca el Papa en su oración de este mes, Jesús conoce “sus luchas y heridas”. Y pide al Señor: “Hazles sentir que no son funcionarios ni héroes solitarios, sino hijos amados, discípulos humildes y queridos, y pastores sostenidos por la oración de su pueblo”
El Papa León XIV nos regaló en Diciembre del 2025 la Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro”. Nos llama a dar gracias a Dios por los sacerdotes, la vida consagrada y los seminaristas.
Dedica varios números a la importancia de la fraternidad sacerdotal, que nos iluminan y desafían en el estilo de vida y los vínculos que nos unen.
A los seminaristas los estimula en este camino de discernimiento con un corazón abierto y libre. No deja de dar orientaciones claras para la Pastoral juvenil y vocacional.
A su vez traza un camino concreto de experiencia en la sinodalidad.
Jesucristo vencedor y eterno: referencia al Apocalipsis, Reino sacerdotal
Recordemos lo que el Apocalipsis proclama: Jesucristo es el vencedor, el eterno, el que sostiene a su Iglesia en cada tiempo y circunstancia. “A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Él ha hecho de nosotros un Reino sacerdotal, llamados a ofrecer nuestra vida, nuestra oración, nuestra entrega, como pueblo santo y consagrado. Cristo es el centro y el sentido de nuestra comunión; Él es quien nos ha unido y nos sostiene, vencedor sobre toda división.
Queridos hermanos y hermanas, hoy el Espíritu del Señor nos convoca, nos unge y nos envía. Abracemos la riqueza de nuestra diversidad, vivamos el arte de la armonía, y renovemos la alegría de ser Iglesia. Superemos juntos las tentaciones de aislamiento y división. Miremos a Cristo, vencedor y eterno, y renovemos nuestra identidad como Reino sacerdotal. Que nuestra comunidad sea signo de unidad y esperanza, luz para San Juan de Cuyo y para el mundo. Amén.

