San Juan, 4 de julio de 2026
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Más vueltas que una oreja

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Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

Desde chico escuchaba en los diálogos entre adultos la frase “más vueltas que una oreja”. Mi abuela decía, cuando algo parecía tan enredado, que no tenía ni pies ni cabeza. Recuerdo una tarde de verano, jugando en el patio, cuando mi hermano y yo nos peleábamos por un juguete y ella, entre risas, nos soltó: “¡Ustedes tienen más vueltas que una oreja, chicos!”. Me quedé pensando, mirando mi propia oreja, tratando de encontrarle el sentido literal, sin entender de qué se trataba. Solo años después comprendí que la expresión hablaba de complicar lo simple, de enroscarse en lugar de resolver con un corazón sencillo.

La experiencia de la infancia me lleva a reflexionar sobre cuántas veces, en la vida de fe, hacemos lo mismo: damos vueltas, buscamos explicaciones, nos enredamos en razonamientos cuando, en realidad, lo que Dios nos pide es sencillez. Un corazón sencillo es aquel que no se complica, que se abre con humildad y confianza, dispuesto a recibir el regalo de Dios sin pretensiones, que se deja sorprender y acoge con alegría.

La vida de Jesús está llena de encuentros con los pequeños y humildes. Los niños, los pobres, los enfermos, los marginados… ellos lo recibieron con sencillez, sin cuestionar de dónde venía su poder, sino con el deseo de encontrar en Él esperanza y sanación. En contraste, en algunas ciudades, a pesar de los milagros y señales, muchos dudaban, preguntaban, exigían explicaciones y pruebas. La fe se volvía más difícil en los corazones enredados, llenos de reservas, prejuicios y vueltas.

El Evangelio que leemos en las misas de este domingo nos trae una oración que Jesús proclamó en voz alta: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, y haberlas revelado a los pequeños” (Mateo 11, 25). La fe no es algo que se conquista por entenderlo todo. Es una revelación, un don que Dios regala a quienes lo acogen sin complicaciones, con la alegría de un niño que confía. Si el corazón está abierto y con sencillez, la fe se despliega como un misterio luminoso, y Dios se revela en la cotidianidad, en lo pequeño, en lo que no parece importante.

Jesús nos invita, especialmente en los momentos de fatiga y desaliento, a acudir a Él. “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mateo 11, 28), nos dice con un amor inmenso. Nos llama a

confiar en su ternura, a reconocer nuestra fragilidad sin miedo, sabiendo que Él nos sostiene. El Papa León XIV nos enseña: “Todo lo que representa un ‘límite’ —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (MH 118). En vez de dar vueltas en la oscuridad, podemos descansar en su corazón de Jesús, seguro de que su amor es más fuerte que cualquier tormenta.

Necesitamos mirar nuestra vida y preguntarnos: ¿cuántas vueltas damos antes de abrirnos a Dios? ¿Cuánto nos complicamos buscando respuestas que solo pueden ser acogidas con un corazón sencillo? La invitación es clara: recibir a Dios con alegría, como los pequeños, y confiar en su ternura. Que no tengamos “más vueltas que una oreja”, sino que aprendamos la sabiduría de la sencillez para que la fe sea una revelación viva en nuestro día a día.

Ayer, 4 de julio, se cumplieron los 50 años del asesinato de los religiosos palotinos en la Parroquia San Patricio, del barrio de Belgrano en Buenos Aires. En la madrugada de ese domingo un “grupo de tareas” de la dictadura militar asesinó a tres sacerdotes y dos seminaristas. El Cardenal Jorge Bergoglio, en la misa que celebró allí el 4 de julio del 2005, predicó: “Juntos vivieron (…) juntos murieron” (…) Hay que “despejar etiquetas y mirar el testimonio. Hay gente que sigue siendo testigo del Evangelio, hay gente que fue grano de trigo, dio su vida y germinó”.