Las dudas de Juan el Bautista
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
Nos acercamos al tercer domingo de Adviento, esa etapa luminosa en la que la Iglesia invita a renovar la esperanza y a prepararnos, con corazón vigilante, para la llegada de Jesús. Es tiempo de alegría y expectativa, pero también de sinceridad en nuestro camino de fe. Justamente, el evangelio de este domingo (Mateo 11, 2-11) nos presenta una escena profundamente humana: Juan el Bautista, el gran profeta que preparó el camino al Mesías, experimenta confusión y se anima a preguntar.
Juan el Bautista es una figura central en la historia de la salvación. Fue él quien, en las orillas del Jordán, identificó a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Su voz resonó fuerte y clara, llamando a la conversión y anunciando la inminente llegada del Reino. Sin embargo, el panorama cambia drásticamente cuando Juan es encarcelado por denunciar la injusticia de Herodes. Desde la prisión, lejos de la multitud y del río, su misión parece truncada, y el silencio lo envuelve.
En ese contexto de encierro y soledad, Juan escucha hablar de las obras de Jesús: recibe a los pecadores con misericordia, toca a los leprosos. Y le surge la duda: ¿será el Mesías? Y manda algunos discípulos a preguntar al Cristo: “¿Sos vos el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”. Esta pregunta del Bautista no es un simple acto de curiosidad. Es el grito existencial de quien, habiendo entregado toda su vida a una misión, se enfrenta al misterio de Dios y a la posibilidad de no comprender del todo sus caminos.
La duda de Juan no es un signo de debilidad sino de humanidad. Aun “el más grande entre los nacidos de mujer” puede experimentar momentos de incertidumbre. Juan no calla su inquietud; la transforma en búsqueda, en diálogo directo con Jesús.
Muchas veces pensamos que la fe y la duda son realidades opuestas, incompatibles. Sin embargo, el evangelio nos muestra que pueden convivir, y que la pregunta forma parte de un camino de fe maduro y honesto. La duda no destruye la fe; la purifica y la fortalece, porque nos obliga a salir de las certezas cómodas y a buscar respuestas más profundas.
Jesús responde a los discípulos de Juan con una invitación elocuente: “Vayan y cuéntenle a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos
resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. No ofrece grandes discursos, ni promesas vagas. Señala las obras concretas, los signos visibles del Reino que ya está entre nosotros.
Estas acciones son la credencial de su misión y el fundamento de su credibilidad. Las obras hablan más fuerte que las palabras. En ellas se revela la presencia de Dios que sana, transforma y libera. El verdadero Mesías se reconoce por la vida y la esperanza que genera en los más vulnerables.
A diez días de la Nochebuena, este evangelio nos interpela de manera personal y comunitaria. ¿Qué hacemos con nuestras propias dudas? ¿Nos animamos a presentarlas ante Dios, como Juan? ¿O preferimos callarlas, por temor a que sean vistas como falta de fe?
Hoy, Jesús sigue invitándonos a mirar las obras, a buscar los signos de su presencia en medio nuestro. Las preguntas no deben paralizarnos. Más bien nos impulsan a revisar qué signos de credibilidad mostramos en nuestra vida cotidiana: gestos de compasión, palabras de ánimo, manos tendidas, tiempo compartido con quienes más lo necesitan. ¿Qué “obras” son testimonio de nuestra fe, ante los ojos de quienes nos rodean?
La fe auténtica no teme a las sombras de la incertidumbre, porque confía en que Dios se revela en lo concreto, en lo pequeño, en las obras sencillas de amor.
Que, en estos días previos a la Navidad, nos animemos a abrazar nuestras preguntas y a fortalecer nuestra fe a través de obras que hablen de la presencia viva de Jesús. Así, nuestra espera será activa y luminosa, y nuestra vida, un verdadero testimonio de Adviento.

