La sed, el agua y la fe
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo
Te propongo transitar juntos un camino muy antiguo, pero tal vez nuevo para vos y para mí. En los primeros siglos de la fe cristiana, quienes se bautizaban lo hacían siendo jóvenes o adultos. Eran incorporados a un grupo que llamaban catecumenado y realizaban un itinerario exigente de preparación. Los últimos tramos de esa preparación giraban en torno a los tres pasajes evangélicos de estos próximos domingos de la Cuaresma: Jesús con la Samaritana, con el ciego de nacimiento, y con su amigo Lázaro.
Si te animás, sigamos este itinerario de fe para renovar la alegría de ser bautizados. Es importante que vos hagas la lectura de cada texto en tu Biblia o Nuevo Testamento.
Hoy proclamamos el evangelio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana (Juan 4, 5-42). Este pasaje brilla por su profundidad, su capacidad de tocar el corazón y su vigencia para quienes buscamos vivir la fe con autenticidad.
En el camino hacia Galilea, Jesús decide pasar por Samaria y, cansado, se sienta junto al pozo de la ciudad de Sicar. Allí, una mujer se acerca a buscar agua. El diálogo que se entabla entre ambos es sorprendente: Jesús rompe barreras culturales y religiosas; pide agua y ofrece, a cambio, el don de una “agua viva” que sacia toda sed. El pozo, lugar al que la población acude cotidianamente, se convierte en símbolo de vida y encuentro, en el escenario de una revelación. Jesús, al hablar del agua viva, invita a mirar más allá de lo material: señala la posibilidad de una vida nueva, plena, marcada por la fe y el encuentro con Dios.
La conversación atraviesa varias etapas: curiosidad, cuestionamiento, confesión y, finalmente, fe. La mujer, al principio, solo ve a un hombre extranjero; luego reconoce en Jesús al profeta y, finalmente, al Mesías esperado. El agua viva se transforma en símbolo del Espíritu, de la gracia que Dios ofrece gratuitamente.
La mujer samaritana experimenta una profunda transformación. Su vida cotidiana, marcada por la rutina y la exclusión, se ve renovada por el encuentro con Jesús. Al descubrir la verdad sobre sí misma y sobre Dios, deja atrás su cántaro para correr hacia su pueblo y compartir la experiencia vivida. Así, la fe auténtica no se queda en lo íntimo, sino que se convierte en testimonio, en anuncio alegre a los demás.
La samaritana se convierte en modelo para los catecúmenos —aquellos que se preparan para recibir el bautismo— y para todos los cristianos que queremos renovarlo en la Vigilia Pascual. El camino cuaresmal es semejante: se inicia con una búsqueda, se encuentra a Jesús, se escucha su voz y, transformados por su amor, se sale al mundo para compartir la esperanza.
La imagen del agua viva está profundamente conectada con el bautismo, mediante el cual se pasa de la sed a la plenitud, de la vida antigua a la vida nueva en Cristo. El pozo de Sicar representa, entonces, el lugar donde se renueva la existencia, donde Jesús ofrece la posibilidad de una identidad nueva como hijos de Dios.
Para quienes ya hemos recibido el bautismo, el relato invita a recordar y renovar ese compromiso: la vida cristiana es un constante volver a la fuente, dejarse limpiar y alimentar por el Espíritu, y descubrir que la gracia de Dios nunca se agota. La sed de infinito que alberga nuestro corazón solamente se sacia con la plenitud del amor.
El encuentro de Jesús con la samaritana desafía a cada creyente a preguntarse por el sentido de su fe. ¿De qué tengo sed? ¿Qué lugar ocupa Jesús en mi vida? ¿Estoy dispuesto a dejarme transformar y a compartir esa experiencia? El testimonio de la mujer, que supera prejuicios y sale al encuentro de los demás, es una invitación a vivir la Cuaresma como tiempo de apertura, de reconciliación y de misión.
Seamos testigos del amor de Dios, para comunicar esperanza y alegría a quienes experimentan vacío existencial y falta de sentido en su vida.
Jesús es la fuente de agua viva.

