La Misión y la Anunciación: Disponibilidad, Escucha y Alegría
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
Oídos atentos:
«Escucha activa» que propone el desafío del Sínodo.
Corazón en Dios:
Resume la Espiritualidad como «estar con Vos» y la amistad con Jesús.
Manos abiertas a los hermanos:
Traduce la Misión y el servicio concreto del lavatorio de pies.
Sexta Meditación
La Misión es disponibilidad
La Misión y la Anunciación: Disponibilidad, Escucha y Alegría
Introducción: María y la Disponibilidad Total
En este tiempo de Cuaresma, ya muy cerca del Domingo de Ramos, nos detenemos en el misterio de la Anunciación para contemplar la misión que Dios nos confía. Dentro de 9 meses celebraremos el nacimiento de Jesús en Belén, y hoy hacemos memoria y fiesta por el inicio del embarazo de la Virgen María. La joven de Nazaret, nos muestra cómo la disponibilidad total abre caminos nuevos en la historia. Su vida nos invita a una entrega radical, a confiar y a dejarnos sorprender por la propuesta de Dios, aun cuando desafía nuestros planes y certezas. Hoy, celebramos la capacidad de María para escuchar y responder sin reservas, y nos preguntamos cómo podemos seguir su ejemplo en nuestro propio camino de fe.
Texto Bíblico: Lucas 1, 26-38
Acojamos con la mente, el corazón y la imaginación el relato del Evangelio de San Lucas. “En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó
desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.
María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Y el Ángel se alejó”.
Novedad en la Vida y la Historia, Gracia y Misión
María escucha atentamente la voz de Dios. Su corazón abierto le permite captar la novedad que trae el mensaje del ángel: una misión que no sólo transforma su vida, sino que cambia la historia de la humanidad. En ese instante, la gracia desciende sobre ella y la impulsa a un sí profundo, a un servicio humilde y generoso. La misión de María nace del encuentro con el Espíritu Santo, que la fortalece y la anima a caminar en confianza, incluso en medio de la incertidumbre y el desconcierto.
La disponibilidad de María nos enseña que la verdadera misión surge de una escucha atenta, de la capacidad de dejar que la Palabra de Dios desafíe nuestras rutinas y nos invite a caminos inéditos. Su respuesta nos inspira a mirar nuestra vida con ojos nuevos y a descubrir la presencia de Dios en lo cotidiano, en lo inesperado y en lo que nos descoloca.
María Visita a Isabel: Portadores de Alegría
Luego de la Anunciación, María no se queda en sí misma. Sale al encuentro de su prima Isabel, llevando en su interior la alegría de la Buena Noticia. Su visita es expresión de servicio, de comunión y de alegría compartida. María
es portadora de la presencia de Dios, y su gesto nos recuerda que la misión no es sólo recibir, sino comunicar, contagiar esperanza y alegría a quienes nos rodean.
La afirmación de Isabel dirigida a María podemos recibirla también para nosotros: “¡Feliz de ti por haber creído!”. Ser portadores de Buenas Noticias implica abrirnos a los demás, compartir lo recibido y animar a otros a descubrir la gracia de Dios en sus propias vidas. En cada encuentro, podemos ser instrumentos de la alegría y de la paz que brotan del Evangelio.
Aniversario Episcopal, Agradecimiento y Debilidades
El 25 de marzo del año 2000 fui consagrado obispo en la Catedral de Buenos Aires. Me detengo con vos a agradecer a Dios por el don de la misión encomendada y por el camino recorrido. Muchos rostros e historias de vida habitan mi corazón y me conmueven. Reconozco mis propias debilidades, límites y fragilidades; pero también experimento el apoyo constante de Dios que renueva mi esperanza y me anima a seguir sirviendo. A su vez siento muy cerca la oración y el cariño de quienes compartimos camino. En este día, pido al Señor que me sostenga, que me ayude a escuchar su voz y a responder con generosidad, como María lo hizo. Que su gracia me acompañe y me permita ser testigo de la alegría y de la misericordia en medio de las diversas comunidades a las que Jesús me envía a servir diciéndome “si me amas, apacienta…”.
Propuesta Final: ¿A Qué Me Invita Dios Hoy?
La misión nace de la escucha profunda y de una espiritualidad que se deja transformar por Dios. Cada uno de nosotros está llamado a discernir, a preguntarse: ¿a qué me invita Dios hoy? ¿En qué aspecto de mi vida me pide
decir “sí”? Que esta meditación nos ayude a abrir el corazón, a dejarnos sorprender por la novedad del Espíritu, y a responder con valentía y alegría al llamado que Dios nos dirige en este tiempo de Cuaresma.
Te invito a tomar un momento de silencio, a mirar tu vida y a preguntarte: ¿Cuál es la palabra o el gesto que Dios espera de mí hoy? ¿Cómo puedo ser portador de la alegría, y comunicar la Buena Noticia en mi entorno? Que María, llena de gracia y de disponibilidad, nos acompañe en nuestro camino espiritual y nos inspire a decir “sí” a la misión que Dios nos confía. ¡Que empecemos una bendecida Semana Santa!
Para seguir meditando
Dilexi te
“Dios es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la
muerte. Con una mirada misericordiosa y el corazón lleno de amor, Él se dirigió a sus criaturas, haciéndose cargo de su condición humana y, por tanto, de su pobreza.
Precisamente para compartir los límites y las fragilidades de nuestra naturaleza humana, Él mismo se hizo pobre, nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez de un niño colocado en un pesebre y en la
extrema humillación de la cruz, allí compartió nuestra pobreza radical, que es la muerte (…). Esta “preferencia” no indica nunca un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos, que en Dios serían imposibles; esta desea
subrayar la acción de Dios que se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son
discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles” (DT 16).
“La santidad cristiana florece, con frecuencia, en los lugares más olvidados y heridos de la humanidad. Los más pobres entre los pobres – los que no sólo carecen de bienes, sino también de voz y de reconocimiento de su dignidad -ocupan un lugar especial en el corazón de Dios. Son los preferidos del Evangelio, los herederos del Reino (cf. Lc 6,20). Es en ellos donde Cristo sigue sufriendo y resucitando. Es en ellos donde la Iglesia redescubre la llamada a mostrar su realidad más auténtica” (DT 76).
San Juan de la Cruz
“Entonces llamó a un arcángel
que san Gabriel se decía,
y enviólo a una doncella
que se llamaba María,
de cuyo consentimiento
el misterio se hacía;
en la cual la Trinidad
de carne al Verbo vestía;
y aunque tres hacen la obra,
en el uno se hacía;
y quedó el Verbo encarnado
en el vientre de María.
Y el que tenía sólo Padre,
ya también Madre tenía,
aunque no como cualquiera
que de varón concebía,
que de las entrañas de ella
él su carne recibía;
por lo cual Hijo de Dios
y del hombre se decía”
(Romance de la Encarnación 8)
“¡oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
Esta llama de amor que es el Espíritu de su Esposo, que es el Espíritu Santo, al cual siente ya el alma en sí, no sólo como fuego que la tiene consumada y transformada en suave amor, sino como fuego que, además de eso, arde en
ella y echa llama (…) ama subidísimamente, hecha un amor con aquella llama” (Ll B1,3)

