La grandeza de la pequeñez
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
En estos días tuve la gracia de visitar una casa de las Misioneras de la Caridad en Roma, las religiosas fundadas por santa Teresa de Calcuta. Al acercarse a ese lugar, todo parece sencillo, austero, casi escondido. Y, sin embargo, precisamente allí se percibe una grandeza difícil de explicar: la magnanimidad de una vida entregada, de una comunidad que eligió servir en silencio y de una fe que se hace concreta en el cuidado de los más pobres y frágiles.
Las hermanas me mostraron el cuarto que ocupaba la madre Teresa cuando venía a Roma. Una habitación pequeña, sencilla; una cama angosta, un escritorio y un par de banquitos. En aquel espacio reducido, tan humilde, se respiraba paz. Una paz serena y profunda, de esas que tanto necesitamos en estos tiempos.
Al contemplar ese cuarto, “escuché” que una vida puede ser inmensamente grande sin necesitar mucho espacio; que una persona puede dejar una huella profunda sin buscar protagonismo; que la verdadera fecundidad no siempre brilla.
La vida de la santa de Calcuta estuvo marcada por gestos pequeños realizados con la grandeza del amor: acercarse a quien sufría, lavar una herida, acompañar a una persona sola, sostener la mano de un moribundo, ofrecer una palabra de consuelo. En esos gestos aparentemente modestos se revelaba una caridad enorme, capaz de transformar la existencia de quienes se sentían olvidados. Todo posible con la adoración eucarística cotidiana.
Mientras permanecía en aquel cuarto, me impresionó especialmente la paz que se respiraba. No era una paz ingenua, como si ignorara los conflictos del mundo. Era una paz nacida de haber elegido lo esencial. Una paz que no niega el dolor, pero que se resiste a dejarse dominar por él. Una paz que sabe que la violencia no se vence con más violencia, que el desprecio no se cura con desprecio y que la indiferencia solo puede ser derrotada mediante la cercanía y la compasión.
Entonces, una de las religiosas me dijo: “Padre, hagamos una oración por la paz en el mundo”. E improvisamos juntos una plegaria. No teníamos un texto preparado ni palabras en una fórmula. Simplemente dejamos que brotara lo que llevábamos en el corazón: el deseo profundo de que termine tanta violencia, que se detenga el desprecio por la vida, que no se siga
destruyendo la casa común, que los pueblos puedan vivir sin miedo y que nadie sea tratado como un objeto descartable.
Cada palabra puede construir o herir, cada decisión puede acercar o dividir, cada gesto de solidaridad tiene un valor incalculable. La paz del mundo comienza también en los vínculos cotidianos: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en la manera en que miramos y tratamos a quienes tenemos cerca.
Providencialmente, la Palabra en la misa de este fin de semana nos presenta el llamado “mandamiento más grande de la Ley”. En el Evangelio según san Mateo, unos fariseos le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal. Él responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Y agrega: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 34-40).
Jesús une inseparablemente el amor a Dios y el amor al prójimo. No se puede afirmar que amamos a Dios si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de los demás. Tampoco se puede construir una relación auténtica con el prójimo si olvidamos que cada persona posee una dignidad sagrada. El amor cristiano no es una idea abstracta ni un sentimiento pasajero: se expresa en acciones concretas, en disponibilidad, en paciencia, en perdón y en una atención especial hacia quienes se encuentran más heridos o desprotegidos.
La visita a la casa de las Misioneras de la Caridad me ayudó a constatar nuevamente que el amor no necesita grandes escenarios.
La pequeñez, cuando está habitada por el amor, no es insignificancia. Es una forma de grandeza. Un cuarto pequeño puede convertirse en una escuela de paz. Una oración improvisada puede expresar el clamor de miles de millones de personas.
Al despedirme de aquella casa romana, me fui pensando que quizás Dios sigue hablándonos desde los lugares pequeños: desde una habitación humilde, una comunidad que sirve, una oración pronunciada sin preparación, desde el rostro de una persona que necesita ser reconocida. Prestemos atención.

