San Juan, 27 de abril de 2026
OpinionesVideos

El desafío de la Espiritualidad y permanecer Unidos a Cristo

Compartir en tus redes

Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

Lema: «Caminemos juntos la Cuaresma”

  • Oídos atentos: «Escucha activa» que propone el desafío del Sínodo.
  • Corazón en Dios: Resume la Espiritualidad como «estar con Vos» y la amistad con Jesús.
  • Manos abiertas a los hermanos: Traduce la Misión y el servicio concreto del lavatorio de pies.

Cuarta Meditación para la Cuaresma 2026

El desafío de la Espiritualidad

Permanecer Unidos a Cristo: Espiritualidad y Belleza en el Camino Cuaresmal

Introducción: Permanecer Unidos a Cristo

En esta cuarta meditación de Cuaresma, te invito a volver el corazón a lo esencial: la unión vital con Jesucristo. Caminar hacia la Pascua es, ante todo, dejarnos encontrar por Él y fortalecer ese vínculo que nos da vida, alienta en la esperanza y carga de sentido nuestra existencia. La Cuaresma es tiempo de volver a las raíces de nuestra fe, de redescubrir la fuerza de la comunión y la belleza de un corazón unido al Señor.

Texto Bíblico: Juan 15, 4-5

El texto evangélico que se eligió como iluminación para el desafío de la Espiritualidad es el de la alegoría que utiliza Jesús sobre la vid y los sarmientos.

 “Permanezcan en mí, como yo en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí no pueden hacer nada”.

Jesús utiliza esta imagen para hablarnos de la vida en comunión. Así como el sarmiento recibe la savia de la vid y sin ella no puede subsistir, nuestra vida espiritual solo florece si permanecemos en Cristo. Los viñedos de San Juan nos invitan a descubrir que la unión con Jesús es fuente de fecundidad, alegría y verdadera libertad. Alejados de Él, la vida se marchita; en Él, todo florece.

La fe cristiana es mucho más que una filosofía de vida o la adhesión a un código ético. Se comienza a ser cristiano “por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 1).

Muchos de nosotros hemos ido a la catequesis siendo niños y adolescentes, nos hemos enterado de cosas de Jesús y conocido partes de la Biblia; pero no siempre hemos adherido a Él de todo corazón, o tal vez lo hicimos de modo

intermitente. La primera carta de San Juan nos da una clave precisa: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (I Juan 4, 16). Recién al reconocernos amados, amamos. No es una elección de una fe entre otras, sino una respuesta de amor al amor.

Lo dice Jesús a sus discípulos en la Última Cena, como consecuencia de la alegoría de la vid y los sarmientos: “no me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (Juan 15, 16). La iniciativa siempre es de Jesús.

Espiritualidad de Comunión: hermanos, no rivales

La unión con Cristo nos lleva naturalmente a la comunión entre nosotros. Somos parte de una misma vid, llamados a crecer juntos, no a competir. La espiritualidad de comunión implica reconocernos hermanos, compartir la fe, las cargas y las alegrías. En la Iglesia aprendemos a mirar al otro con los ojos de Jesús, celebrando la diversidad como riqueza y nunca como amenaza.

Este vínculo con Cristo no es una idea, sino un misterio que comienza en el Bautismo. Allí, el Espíritu Santo nos injerta en el Cuerpo de Cristo y nos abre a la vida de la Trinidad. Vivir en comunión es reflejar ese amor trinitario: apertura, donación, acogida. Por eso en la Vigilia Pascual renovaremos nuestras promesas bautismales, recordando este llamado a vivir desde la raíz profunda del amor de Dios.

Encuentro Concreto con Jesucristo en la Vida Cotidiana

Estamos unidos en Cristo no solo en el templo, sino en cada momento del día. Él se hace presente en lo sencillo: la familia, el trabajo, el descanso, el dolor. Cada encuentro puede ser cauce de comunión si lo vivimos con conciencia y apertura. Jesús nos espera en los gestos concretos, en el rostro del otro, en la escucha, en la generosidad, en la paciencia.

Permanecer en Cristo requiere nutrirnos de la oración silenciosa y confiada, de la Palabra que ilumina y guía, de los sacramentos que sanan y fortalecen, y del caminar juntos como pueblo peregrino. La oración diaria es el oxígeno del alma; la Palabra, la brújula; la Eucaristía, el alimento que nos sostiene en el camino.

A su vez, nos impulsa a encarnar la fe en obras concretas. No hay auténtica vida espiritual sin compromiso con los más pequeños, los que sufren, los excluidos. Nuestra oración se vuelve fecunda cuando nos mueve a la misericordia, al servicio gratuito, al abrazo al que está solo o necesitado.

Es posible y necesario unir contemplación y acción. Ser cristiano es orar y trabajar, amar a Dios y al prójimo sin separaciones. Nuestra vida se transforma y transforma el entorno cuando vivimos este equilibrio: recogimiento interior y manos abiertas. En la oración descubrimos la fuerza para servir; en el servicio, hallamos a Cristo vivo.