Discurso del Santo Padre León XIV en Argentina
En el Palacio Libertad, Centro Cultural Domingo Faustino Sarmiento, en Buenos Aires, el Domingo, 8 de Noviembre de 2026 el Santo Padre León XIV brindó su primer discurso a su llegada a la República Argentina.
Señor Presidente de la República,
distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo diplomático,
señoras y señores:
Me alegra profundamente encontrarme hoy en esta querida tierra argentina. Agradezco, Señor Presidente, las cordiales palabras que ha tenido a bien dirigirme y la acogida que, por medio de usted, me brinda su pueblo. Saludo también a los miembros del Cuerpo diplomático y a las demás Autoridades aquí presentes y extiendo con afecto mi saludo a todos los argentinos.
He venido como Sucesor del apóstol Pedro y, por ello, como pastor. Deseo encontrarme con la Iglesia que peregrina en esta tierra y dirigirme asimismo a toda la nación y a quienes han recibido la tarea de servirla. La Iglesia acompaña la vida de los pueblos desde la misión que le ha sido confiada. Por eso, también ante quienes ejercen responsabilidades públicas, desea ofrecer una palabra inspirada en el Evangelio y orientada a custodiar la dignidad de cada persona, la concordia y el bien común.
Mi llegada a esta tierra tiene, para mí, un significado particular. Durante doce años, la Iglesia universal escuchó la voz de un Pontífice argentino que llevó consigo, en la memoria y en el corazón, los lugares, las personas y la fe que aquí recibió. Hoy, al sucederle en el ministerio petrino, recorro en cierto modo el camino inverso y vengo a la patria donde el Papa Francisco comenzó una historia que después habría de entrelazarse con la de toda la Iglesia. Acercarme a la tierra en la que él creció es también acercarme a una historia mucho más amplia, hecha de generaciones de hombres y mujeres que, antes y después de él, han recibido esta patria y han dejado en ella algo de sí mismos.
Algunos nacieron aquí; otros llegaron desde lejos y encontraron un hogar; otros pertenecen a pueblos originarios cuya presencia precede al nacimiento de la nación. De ese encuentro entre procedencias y experiencias diversas fue tomando forma, con el paso del tiempo, un pueblo que ha sabido abrir sus puertas, hacer espacio a quien llegaba y conservar, aun en medio de momentos difíciles, una notable capacidad para levantarse y seguir hacia adelante. Todos han contribuido a la Argentina que hoy tengo la alegría de visitar. Ninguna generación comienza la patria desde cero. La recibe.
La recibe en una lengua y en unos vínculos que la preceden; en instituciones que otros fundaron y en bienes que fueron creciendo gracias al trabajo de muchos. La historia guarda motivos de gratitud y también recuerdos dolorosos. A cada generación corresponde discernir aquello que merece ser conservado, afrontar las consecuencias injustas del pasado y acrecentar el patrimonio material y espiritual común. La patria que hoy está en manos de ustedes será mañana la herencia de otros.
La cultura ofrece algunas de las manifestaciones más características de esa herencia. Argentina ha sabido expresarse con una voz reconocible mucho más allá de sus fronteras: en el Martín Fierro de José Hernández; en las páginas de Jorge Luis Borges y de tantos escritores que han enriquecido la lengua española con acentos rioplatenses; en el tango, nacido del encuentro de barrios, puertos y procedencias diversas. De igual forma lo ha hecho en la música y las tradiciones del interior, en el teatro y también en gestos cotidianos tan sencillos como el mate compartido, que convierte una pausa en ocasión de conversación y cercanía. Son expresiones distintas de una misma memoria colectiva, recibida de generaciones anteriores y confiada también a la creatividad de quienes vienen después.
En esa herencia se encuentra profundamente arraigada la fe cristiana. Su huella atraviesa la memoria de la nación y permanece viva en innumerables argentinos que han encontrado en el Evangelio una fuente de sentido, esperanza y fraternidad.
Compartir una misma herencia exige también aprender a convivir, aun cuando existan diferencias de pensamiento. La historia enseña cuánto puede crecer un pueblo cuando sus diferencias se convierten en ocasión de diálogo y encuentro. Por eso, la democracia pertenece también a esa herencia que debe ser custodiada. Elegir a los propios gobernantes mediante el sufragio, participar en la vida pública, expresar con libertad las propias convicciones, confiar en la ley y reconocer en las instituciones un espacio común son bienes que se afianzan con el tiempo y que cada generación está llamada a cuidar y fortalecer (cf. S. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 46).
La democracia se fortalece también en la manera cotidiana de actuar en la vida pública: en la disposición a escuchar, en el cuidado de la palabra, en la búsqueda paciente de acuerdos y en la capacidad de reconocer en quien piensa de manera distinta a un compatriota con quien se comparte un mismo destino. De ese modo, se forja una confianza que permite a una sociedad afrontar sus diferencias sin perder la conciencia de aquello que la mantiene unida.
A quienes han recibido responsabilidades públicas les corresponde una tarea especialmente exigente. La autoridad alcanza su sentido más alto cuando se ejerce como servicio, cuando sabe mirar más allá de lo inmediato y cuando pone sus capacidades al cuidado de aquello que pertenece a todos. Quien ejerce la autoridad tiene también el deber de actuar con prudencia, reconocer los límites del poder que le ha sido confiado y orientar sus decisiones hacia el bien de toda la comunidad (cf. S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 53-60).
El bien común al que sirve la autoridad debe poder percibirse también en las condiciones concretas de la vida cotidiana. La familia, célula básica de la sociedad, ocupa aquí un lugar esencial. En ella, cada persona aprende a descubrir que su vida está unida a la de otros y que también es responsable de ellos. En el hogar se nos enseña a cuidar al débil, a perdonar, a compartir y a permanecer junto a quien necesita ayuda; y allí también muchos hombres y mujeres reciben las primeras semillas de la fe.
Por ello, una de las condiciones más elementales es poder vivir del propio trabajo. Esta tierra conoce bien el valor del esfuerzo de quienes se ganan la vida en el campo y en las ciudades, en los talleres, en las escuelas y en los hospitales; de quienes emprenden y de quienes cada día sostienen sus hogares. El trabajo permite a una persona sustentar a los suyos, desarrollar sus capacidades y saberse partícipe de la construcción de la patria (cf. Exhort. ap. Dilexi te, 115). Por eso, corresponde favorecer cuanto abra oportunidades, estimule la iniciativa privada y permita que el crecimiento alcance también a quienes encuentran mayores dificultades. Pienso de manera particular en las familias que llevan sobre sí el peso de la incertidumbre, en quienes buscan trabajo, en los ancianos que han contribuido durante años a construir la sociedad y en quienes, aun trabajando, tienen dificultades para cubrir las necesidades de su hogar. La economía debe estar al servicio de la persona, y no la persona al servicio de la economía.
Argentina posee muchos recursos humanos. Hacer fructificar esa riqueza en beneficio de todos exige prestar particular atención a los jóvenes. De las oportunidades que encuentren hoy dependerá en buena medida que puedan desarrollar aquí sus proyectos de vida. Una nación debe preguntarse seriamente en qué ha fallado cuando sus jóvenes deben abandonar su tierra para realizar sus sueños.
Crear las condiciones para que puedan proyectar libremente su vida en Argentina exige robustecer de manera particular la educación, la formación profesional, la universidad y la investigación. A lo largo de su historia, esta nación ha procurado extender la instrucción a sectores cada vez más amplios de la sociedad. Gracias a ese esfuerzo, generaciones de argentinos han podido cultivar sus capacidades y contribuir al desarrollo del país desde los más diversos oficios y profesiones. Preservar y fortalecer esta vocación educativa exige ofrecer a los jóvenes una formación que les permita descubrir sus talentos, desarrollarlos y ponerlos al servicio de los demás (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14-15). Esta tarea requiere también confiar en los jóvenes, reconocer su capacidad de iniciativa y abrir espacios donde puedan aportar sus ideas y asumir responsabilidades. La nación necesita contar desde ahora con su inteligencia, su creatividad y su participación.
Ese horizonte suscita otra pregunta: ¿Qué lugar ocupan en nuestras decisiones quienes todavía no han nacido? Antes de preguntarnos qué mundo les dejaremos, debemos reconocer su dignidad. Nuestra responsabilidad hacia las generaciones venideras comienza por acoger la vida desde sus primeros instantes y custodiarla hasta su término natural (cf. S. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 101). La misma dignidad reclama especial atención en la enfermedad, la dependencia y la discapacidad. También entonces corresponde cuidar, aliviar el sufrimiento, acompañar y hacer sentir a cada persona que su vida conserva siempre un valor que ninguna circunstancia puede disminuir.
Esa responsabilidad para con el género humano se refiere también al cuidado de la tierra. Argentina ha sido bendecida por Dios con una extraordinaria riqueza natural. Sus campos, sus reservas de agua, sus fuentes de energía, sus minerales y la diversidad de sus ecosistemas ofrecen amplias posibilidades de desarrollo. Una ecología auténticamente humana sabe unir el cuidado de la creación al de las personas, procurando que el aprovechamiento de estos recursos contribuya al bienestar de las comunidades y preserve las condiciones que hacen posible la vida y el trabajo en sus territorios (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 51).
Los rápidos avances tecnológicos abren, a su vez, posibilidades que hace pocos años apenas podían imaginarse. Plantean también interrogantes de gran alcance, especialmente en relación con la inteligencia artificial. La medicina, la educación, la producción y la investigación cuentan hoy con instrumentos capaces de transformar profundamente la vida humana. Estos avances exigen considerar las consecuencias de su aplicación y las responsabilidades de quienes deciden cómo utilizarlos. El desarrollo tecnológico necesita una conciencia ética a su altura (cf. Francisco, Exhort. ap. Laudate Deum, 21-24).
Muchas de estas responsabilidades exceden el ámbito de un solo Estado. Los grandes ríos unen territorios; los ecosistemas se prolongan de un país a otro; la energía, los alimentos, el conocimiento y los movimientos de las personas crean vínculos que desbordan las fronteras. Pensar el futuro de Argentina lleva también, por ello, a mirar hacia los pueblos con los que comparte este continente. América del Sur posee una gran riqueza humana y natural, y sus pueblos comparten lazos históricos y tradiciones culturales que ofrecen un amplio campo para la cooperación. Argentina puede contribuir a ese esfuerzo con su experiencia y sus capacidades. Fortalecer los espacios de encuentro y de colaboración es una manera de asumir juntos las responsabilidades que ningún país puede afrontar por separado.
Esa cooperación resulta igualmente necesaria frente a graves amenazas. El crimen organizado, las redes de trata de personas, el tráfico de armas y drogas, así como la corrupción dañan la convivencia, alimentan la violencia y desvían recursos necesarios para el bien común. Frente a estas realidades son indispensables la acción coordinada entre los Estados y la solidez de las instituciones. Esa solidez depende también de la integridad personal de quienes han recibido la responsabilidad de gobernar, pues la corrupción erosiona la confianza de los ciudadanos en sus instituciones (cf. S. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Ecclesia in America, 23 y 60).
Ese esfuerzo común encuentra una de sus expresiones más altas en el servicio a la paz. Los legítimos intereses de cada nación han de defenderse mediante el diálogo, el respeto al derecho y la búsqueda perseverante de acuerdos. América del Sur ha sabido encontrar, en momentos difíciles de su historia, caminos de negociación y entendimiento para superar graves tensiones. Argentina está llamada a preservar esa voluntad de diálogo y contribuir a que siga dando frutos.
A esta responsabilidad común quiere colaborar también la Iglesia. Su presencia en Argentina forma parte de una historia que se extiende por toda América. Durante siglos, la Iglesia ha acompañado a los pueblos del continente anunciando el Evangelio y celebrando la fe, educando, atendiendo a los enfermos, permaneciendo junto a los pobres, acompañando a las familias y promoviendo la paz y la reconciliación.
Esa misión nace del amor de Cristo, que derramó su sangre por todos, y continúa hoy en las parroquias y comunidades, llamadas a mantener abiertas sus puertas para que cada persona pueda encontrar en ellas acogida y cercanía. Bienvenidos todos (cf. Mt 22,9-10) expresa, en pocas palabras, la invitación universal del Evangelio, que alcanza a cada persona y la llama al encuentro con Cristo y a la conversión. De esa acogida nace también el envío: Vayan y anuncien (cf. Mc 16,15). Ese mandato sigue dando fruto en las escuelas y universidades, en las iniciativas sociales y en el testimonio cotidiano de tantos hombres y mujeres que ponen su fe al servicio de los demás.
Hay bienes que una sociedad necesita y que ninguna política pública puede producir por sí sola. La confianza, el perdón, la disposición a servir y la conciencia de que la propia vida tiene un sentido que supera el éxito o la utilidad se cultivan en la conciencia personal y en la vida de las familias y las comunidades. La fe alimenta y sostiene esos bienes. Por ello, la Iglesia desea permanecer cerca de la nación argentina, vivir la caridad compartiendo sus cargas y sus alegrías y ofrecerle la esperanza que nace del Evangelio.
Al mirar el camino recorrido por esta nación, vuelve la imagen que ha acompañado estas palabras: cada generación recibe una patria que otros han puesto en sus manos. Durante un tiempo le corresponde habitarla, servirla y hacerla crecer. Después deberá entregarla (cf. Francisco, Carta enc. Laudato si’, 159). Sí, como cantaba Gardel, es un soplo la vida, pero perdura el bien que cada generación haya sabido custodiar y transmitir. Y la fe nos invita a mirar todavía más lejos, hacia la felicidad eterna a la que Dios nos llama.
Queridos argentinos: en sus manos descansa hoy una parte importante de esa responsabilidad. El extraordinario patrimonio que poseen les permite mirar el futuro con confianza. Corresponde ahora hacer fructificar cuanto han recibido y mantener vivo aquel propósito de «constituir la unión nacional», proclamado en el Preámbulo de su Constitución. Que quienes vengan después reciban una patria unida, a la altura de su historia y de las posibilidades que encierra.
Mi pensamiento se dirige finalmente a Nuestra Señora de Luján, custodia silenciosa de su memoria. Ante su imagen han acudido, generación tras generación, madres y padres, trabajadores, jóvenes y ancianos de todos los rincones del país, llevando consigo las preocupaciones y las esperanzas de su tiempo. A esas oraciones quiero unir hoy también la mía. Y deseo hacerlo con las palabras que el Papa Francisco pronunció pensando en ustedes: «que el Señor los haga crecer como pueblo». Se lo pido al Señor de corazón, por intercesión de María Santísima de Luján. Que ella siga velando por esta tierra, cuide de cada uno de sus hijos y los mantenga siempre cerca de Jesús.
Que Dios bendiga a Argentina y a todos sus habitantes. Muchas gracias.
Aportes de Voces Paralelas como recuerdos del Papa Francisco en su Mensaje al Pueblo Argentino

Queridos hermanos y hermanas:
En este año en que todavía estamos respirando el ambiente de los festejos del Bicentenario, suceden dos hechos que hacen a nuestra historia, dos hechos que son muy importantes y muy fuertes, y que yo valoro mucho: uno es la beatificación de Mama Antula, una mujer que ayudó a consolidar la Argentina profunda y el otro es la próxima canonización del Cura Brochero, ese cura gaucho que tuvo compasión de sus queridos serranos y luchó por su dignificación.
Está de más decir que yo hubiera querido ir a Argentina a beatificar a Mama Antula y a canonizar al Cura Brochero, pero no pude hacerlo, no es posible. Ustedes no saben cuánto me gustaría volver a verlos. Y tampoco podré hacerlo el año próximo porque ya están compromisos fijados para Asia, África, y el mundo es más grande que Argentina, y bueno, pero hay que dividirse, dejo en manos del Señor que Él me indique la fecha. Pero teniendo en cuenta estos acontecimientos y teniendo en cuenta que el año que viene tampoco voy a poder ir, opté por comunicarme con ustedes de esta manera.
Para mí el pueblo argentino es mi pueblo, ustedes son importantes, yo sigo siendo argentino, yo todavía viajo con pasaporte argentino. Estoy convencido que como pueblo son el mayor tesoro que tiene nuestra Patria. Cuando recibo cartas de ustedes, tantas que no a todas puedo responder, seguramente una que otra para hacerme presente, me consuelo, me da gozo y eso me lleva a rezar y rezo por ustedes en la Misa, por las necesidades de ustedes, por cada uno más de ustedes. Es el amor a la Patria que me lleva a eso y es lo que me lleva también a pedirles, una vez más, que se pongan la Patria al hombro, esa Patria que necesita que cada uno de nosotros le entreguemos lo mejor de nosotros mismos, para mejorar, crecer, madurar. Y esto nos hará lograr esa cultura del encuentro que supera todas estas culturas del descarte que hoy en el mundo se ofrecen por todas partes. Una cultura del encuentro donde cada uno tenga su lugar, que todo el mundo pueda vivir con dignidad y que se pueda expresar pacíficamente sin ser insultado o condenado, o agredido, o descartado. Esa cultura del encuentro que todos tenemos que ir buscando, con la oración y la buena voluntad.
A mí me llama la atención que a la Argentina se le alaba por su geografía, su riqueza, Tenemos de todo: montañas, bosques, llanuras, costas, todas las riquezas en minería. Tenemos todo. ¡Qué país rico! Pero la riqueza más grande que tiene nuestra Patria es el pueblo, ese pueblo que sabe ser solidario, que sabe caminar uno junto a otro, que sabe ayudarse, que sabe respetarse, es ese pueblo argentino que no se marea, que sabe encontrar sabiduría, y cuando se marea, los otros lo ayudan a que se le vaya el mareo. Yo a ese pueblo argentino lo respeto, lo quiero, lo llevo en mi corazón, es la riqueza más grande de nuestra Patria. Y aunque no podamos estrecharnos la mano, cuenten con mi memoria y mi oración para que el Señor los haga crecer como pueblo. Pueblo que se reencuentra, trabaja unido y busca la grandeza de la Patria, esa Patria que es propia, es nuestra, no es de los otros, es nuestra. Gracias por todo lo bueno que hacen cada día. Que el Señor los bendiga.
Estamos en el Año de la Misericordia, y como despedida de esta charla, de este monólogo pero que quiere ser una charla, me atrevo a proponerles, como las maestras de antes, los deberes para la casa. Les propongo que en este Año de la Misericordia hagan alguna obra de misericordia todos los días o cada dos días si no pueden todos los días; y no se enojen si yo se las leo para recordárselas. Están las obras de misericordia corporales y las espirituales. En su mayoría, se toman una lista que el Señor hace en las Bienaventuranzas, en Mateo 25, en todo el Evangelio. Son obras concretas de misericordia que si cada uno de nosotros hace una al día o una cada dos días, ¡el bien, el bien, que haremos a nuestro pueblo!
– Visitar a un enfermo, visitar a los enfermos, es una obra de misericordia.
– Dar de comer al hambriento. Hay gente que tiene hambre.
– Dar de beber al sediento, tiene sed material y espiritual, a veces.
– Dar posada al peregrino, es decir, darle lugar al que no tiene casa, al que no tiene techo.
– Vestir al desnudo, es decir, que la gente tenga vestido, que no pase frio en invierno.
– Visitar a los presos. Tantas veces la Iglesia insiste sobre esto.
– Y enterrar a los difuntos.
Estas serían las siete obras de misericordia corporales.
Y otras siete espirituales:
– Enseñar al que no sabe.
– Dar un buen consejo al que lo necesita.
– Corregir al que se equivoca.
– Perdonar al que nos ofende. ¡Qué difícil es perdonar! Todos hoy en el mundo necesitamos perdonar mucho y ser perdonados.
– Consolar al que está triste.
– Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Hay gente que a veces nos hace perder la paciencia, y sufrir con paciencia sus defectos, es una obra de misericordia.
– Y rezar a Dios por los vivos y por los muertos.
No sé, queridos hermanos, queridos compatriotas, me siento hablándoles como en casa, me acerco a ustedes en esta ocasión, donde todavía se respiran los aires de los festejos del Bicentenario y donde están estos dos hechos de la canonización del Cura Brochero y la beatificación de Mama Antula, dos personas, un hombre y una mujer, que trabajaron por la Patria y por la evangelización. Así que en medio de todo esto los saludo, les doy mi cariño, y les digo – parece un poco raro, pero lo estiro el tiempo como el elástico – hasta pronto, y no se olviden de rezar por mí. Gracias.

