San Juan, 17 de octubre de 2026
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Desde Roma, con el corazón en San Juan

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Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano

Durante estos días me encuentro en Roma, con ocasión del Foro Internacional de Acción Católica. Un hermoso encuentro del que participamos delegaciones de 26 países de todos los Continentes. El tema es “sinodalidad y misión”, compartiendo conferencias, diálogos y propuestas.

También aproveché el viaje para algunas tareas propias de mi servicio como obispo de San Juan. Entre ellas, la entrega del Documento Final del Tercer Sínodo y la posibilidad de informar en distintos organismos de la Santa Sede acerca de la realidad de nuestra Iglesia particular. Son momentos de trabajo, escucha y diálogo, pero también de comunión: traigo la vida concreta de nuestras comunidades y, al mismo tiempo, recibimos el impulso de una Iglesia universal que camina unida.

El Documento Final del Sínodo recoge un proceso vivido por la Iglesia con espíritu de apertura, discernimiento y participación. Entregarlo no es simplemente cumplir con una tarea formal. Es presentar el fruto de un camino compartido, hecho de voces, búsquedas, esperanzas y también preocupaciones.

En los encuentros con distintos organismos vaticanos, procuro compartir la situación de la Arquidiócesis de San Juan: sus desafíos, sus proyectos y la riqueza de tantas personas que trabajan con generosidad al servicio de la comunión y la misión.

El lunes 12 tuve la oportunidad providencial de una audiencia privada con el Papa León XIV que había solicitado hace tres meses. Pese a que el día anterior el Papa había anunciado la necesidad de una cirugía, lo vi muy sereno, de buen semblante y confiando en los médicos que lo intervinieron.

La Iglesia entera acompaña al Papa con afecto y cercanía, pidiendo al Señor que le conceda fortaleza, serenidad y consuelo. También rezamos por quienes lo asisten y por todas las personas que atraviesan momentos de enfermedad.

Es una manera concreta de estar cerca, de confiar en Dios y de reconocer que la vida permanece siempre en sus manos. Invito a las comunidades de San Juan a rezar por el Papa y a sostenerlo con la misma esperanza con la que acompañamos a nuestros enfermos, a nuestros mayores y a quienes viven situaciones de fragilidad.

En el Día de la Madre, quiero saludar con especial cariño a todas las mamás. A quienes celebran rodeadas de sus hijos, a quienes los tienen lejos, a quienes ya no pueden abrazarlos y a quienes llevan en el corazón una ausencia que no se borra. Cada maternidad tiene su propia historia, sus alegrías y sus heridas.

Pienso de manera especial en las madres que sufren por sus hijos. En aquellas que esperan una llamada, una vuelta a casa o una oportunidad para comenzar de nuevo. En las que padecen al verlos atrapados por las adicciones, expuestos a la violencia o enredados en las consecuencias del narcotráfico. También en las que sufren porque sus hijos no encuentran oportunidades para estudiar, trabajar y construir un proyecto de vida digno.

Muchas madres cargan preocupaciones silenciosas. A veces no saben cómo ayudar; otras veces sienten culpa, miedo o impotencia. A ellas quiero decirles que no están solas. Cada comunidad tiene que aprender a acompañarlas, sin juzgarlas, y a sostenerlas con cercanía. La respuesta a estas situaciones no puede recaer únicamente sobre las familias: requiere el compromiso de toda la sociedad, de las instituciones y de quienes tienen responsabilidades públicas.

Pero este día también es una ocasión para agradecer las alegrías. Qué hermoso es ver crecer a los hijos, acompañar sus primeros pasos, sus aprendizajes y sus decisiones. Con el tiempo, llega el momento en que toman su propio camino, construyen su vida y asumen responsabilidades. Para una madre, eso puede traer nostalgia y preocupación, pero también una profunda alegría: la de comprobar que aquello que fue cuidado con amor comienza a dar sus propios frutos.

En este Día de la Madre, elevemos una oración por todas ellas: por las que celebran, por las que esperan, por las que lloran y por las que siguen luchando cada día. Pidamos que nunca les falte la esperanza, que encuentren comunidades dispuestas a acompañarlas y que sus hijos puedan crecer en ambientes de amor, cuidado y oportunidades.

Desde Roma, llevo conmigo el rostro y la vida de todos ustedes.