El desafío de la Escucha «Escuchar la Palabra de Dios y el clamor de los pobres»
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
- Oídos atentos: «Escucha activa» que propone el desafío del Sínodo.
- Corazón en Dios: Resume la Espiritualidad como «estar con Vos» y la amistad con Jesús.
- Manos abiertas a los hermanos: Traduce la Misión y el servicio concreto del lavatorio de pies.
Introducción: La Escucha como camino de conversión
En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a detenernos, a silenciar el ruido de nuestras preocupaciones y abrir el corazón a la escucha. Escuchar es mucho más que oír palabras; es dejarse tocar, es recibir al otro en su verdad profunda. Escuchar a Dios en su Palabra y a los hermanos, especialmente a los que sufren, nos transforma desde adentro y nos vuelve más humanos, más cristianos, más hermanos.
Hoy el Señor nos llama a sintonizar el oído interior para descubrir su presencia viva en la Escritura y en los más necesitados. ¿Cuántas veces pasamos de largo, distraídos por nuestros propios asuntos? La verdadera escucha supone detenerse y dejar que el otro, sea Dios, sea el pobre, irrumpa en nuestra rutina y nos cuestione.
Bartimeo: el clamor que atraviesa el ruido (Marcos 10, 46-52)
En el camino sinodal hemos elegido un texto evangélico para iluminar cada Desafío. Para la “Escucha” buscamos el Evangelio de Marcos que nos presenta a Bartimeo, un ciego sentado junto al camino, marginado por la sociedad, invisible para muchos, pero no para Jesús. Bartimeo grita: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Su voz desentona en medio de la multitud, que intenta callarlo. Pero su necesidad es genuina y persistente: desea ser escuchado y sanado.
La actitud de los discípulos y de quienes rodean a Jesús revela muchas veces nuestra propia indiferencia. Prefieren que Bartimeo se calle, que no moleste, que no interrumpa el ritmo de la marcha. ¿Cuántas veces nosotros también callamos el clamor del que sufre, por comodidad o por miedo a complicarnos la vida?
Bartimeo no se deja desalentar. Llama a Jesús “Hijo de David”, una expresión cargada de esperanza mesiánica. Reconoce en Él no solo al rabino ambulante, sino al enviado de Dios capaz de restaurar la vida. Su grito es una confesión de fe: espera algo más que una limosna, busca la salvación. Jesús se detiene y lo llama.
Antes de acercarse, Bartimeo arroja su manto, probablemente su única posesión y abrigo. Ese gesto sencillo es profundamente significativo: deja atrás lo poco que tiene porque confía plenamente en quien lo llama. Desprenderse del manto es soltar seguridades para lanzarse a la novedad de Dios. Solo quien confía puede abandonarse así.
Jesús pregunta: “¿Qué querés que haga por vos?”. No presupone, no apura, no da respuestas automáticas. Se pone a la escucha verdadera del pobre, le da la palabra, le reconoce dignidad. Bartimeo le responde con sencillez y honestidad: “Maestro, que pueda ver”.
Jesús escucha, acoge y le dice: “Andá, tu fe te ha salvado”. No solo recupera la vista física; su vida entera se transforma. Ahora puede seguir a Jesús por el camino, integrarse a la comunidad, ser parte activa.
Ceguera existencial y camino de esperanza
Hoy, la historia de Bartimeo nos interpela. ¿Qué cegueras nos impiden ver a Dios y a los hermanos? A veces la costumbre, el individualismo, el dolor, el miedo, o las prisas nos hacen cerrar los ojos a la realidad. Hay una ceguera
existencial que nos vuelve insensibles, aislados, incapaces de ver el sufrimiento ajeno o de captar la presencia de Dios en la vida cotidiana.
La Cuaresma es oportunidad para dejar que Jesús abra nuestros ojos y nuestro corazón. Como Bartimeo, podemos gritar desde nuestra pequeñez y confiar en que el Señor escucha siempre al que clama con fe. Al arrojar nuestros “mantos” —prejuicios, seguridades, temores— estamos listos para recibir una vida nueva.
Llamado final: Escuchar para vivir y dar esperanza
El Papa León XIV nos regaló un Mensaje para la Cuaresma 2026, al que tituló “Escuchar y ayunar”, la Cuaresma como tiempo de conversión. En uno de sus párrafos destaca la dimensión comunitaria de este Tiempo: “nuestras
parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación”.
La escucha auténtica nos lleva a la compasión, a la acción y a la esperanza. Como Bartimeo, dejemos que Jesús nos restaure la vista, para acompañarlo y seguirlo por el camino de la vida, abiertos a la novedad del amor y de la misericordia.
Acordate de seguir juntando para los pobres el dinero que ahorres de tus privaciones.
Para seguir meditando
Dilexi te
“Escuchar el grito de los que están al borde del camino. No seguir de largo. Detenerse, tocar la carne sufriente de quienes nos tienden la mano pidiendo. Los signos que acompañan la predicación de Jesús son manifestación del
amor y de la compasión con la que Dios mira a los enfermos, a los pobres y a los pecadores que, en virtud de su condición, eran marginados por la sociedad, pero también por la religión. (…) En efecto, Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado (cf. St 2,2-4). (DT 21)
Texto de San Juan de la Cruz
“Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”. (Punto de amor 21; 2 Subida 22, 3-6)
Y es de saber que la propiedad del ciervo cuando está herido va se con gran prisa a buscar refrigerio a las aguas frías; y si oye quejar a la consorte y siente que está herida, luego se va con ella y la regala y acaricia. Y así hace ahora el Esposo, porque, viendo la Esposa herida de su amor, él también al gemido de ella viene herido del amor de ella; porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos”. (Cántico 13, 9, “el ciervo vulnerado”)

