Anunciar el amanecer aunque siga oscureciendo
Por el Arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano
No es tiempo de claudicar ideales ni abandonar convicciones. En medio de tiempos convulsionados, donde la noche parece alargarse y el horizonte se tiñe de incertidumbre, somos llamados a anunciar el amanecer, incluso mientras perduran las sombras. La oración por la paz no es evasión ni resignación, sino una toma de posición activa a favor de la vida, la dignidad y la esperanza. El 1 de enero de 2026 nos ha convocado nuevamente para la Jornada Mundial de Oración por la Paz, bajo el lema elegido por el Papa León XIV: “Hacia una paz desarmada y desarmante”.
Vivimos una paradoja dolorosa: mientras los presupuestos dedicados a armamentos crecen año tras año, los fondos destinados a educación disminuyen o se mantienen estancados. Los informes internacionales advierten sobre el preocupante aumento en la inversión militar, que muchas veces se justifica en nombre de la seguridad nacional, pero que en realidad alimenta una lógica de desconfianza y enfrentamiento.
Nos dice el Papa León XIV en su Mensaje: “Es necesario denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección; pero esto no basta si al mismo tiempo no se fomenta el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico”.
A su vez, la educación —ese pilar que sostiene el desarrollo de sociedades justas y libres— sufre recortes que hipotecan nuestro futuro común. “En el curso del 2024 los gastos militares a nivel mundial
aumentaron un 9,4 % respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2718 billones de dólares, es decir, el 2,5 % del PBI mundial” (Ídem).
Invertir en armas es invertir en miedo; hacerlo en educación es compromiso con el diálogo, la creatividad y la convivencia. ¿Qué futuro queremos construir si la balanza se inclina cada vez más hacia la destrucción y no hacia
el crecimiento del ser humano?.
La irrupción de la inteligencia artificial en los escenarios bélicos ha multiplicado la letalidad de los conflictos. Drones autónomos, algoritmos que seleccionan objetivos, armas que pueden decidir cuándo y a quién atacar.
El mayor peligro, sin embargo, no es solo la eficacia destructiva de estas máquinas, sino la tentación de delegar en ellas decisiones profundamente humanas y éticas. Cuando la responsabilidad moral se traslada del corazón humano al circuito de silicio, corremos el riesgo de perder lo esencial: la conciencia, la compasión, la capacidad de discernir el bien del mal. No podemos —ni debemos— permitir que la tecnología sustituya la ética, ni que la eficiencia mate la misericordia.
No sorprende que, ante este panorama, crezca el miedo al porvenir. La sombra de la guerra, la amenaza de armas cada vez más sofisticadas y el debilitamiento de la educación alimentan una sensación de incertidumbre y desamparo. Muchas personas, especialmente las nuevas generaciones, se preguntan si aún es posible soñar con un mundo en paz, si la esperanza no es apenas un resabio ingenuo del pasado.
Sin embargo, es precisamente en la noche más oscura donde un pequeño fuego puede iluminar el camino. El miedo no debe paralizarnos, sino impulsarnos a buscar juntos alternativas audaces, creativas y solidarias. Volvamos la mirada al Maestro: “La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas” (Mensaje León XIV).
Frente a la lógica del enfrentamiento y el desencanto, resplandece la belleza de quienes, silenciosamente, eligen el compromiso.
Son educadores que se siguen jugando por la palabra, la escucha y el encuentro; voluntarios que tienden puentes entre comunidades enfrentadas; científicos y artistas que ponen su talento al servicio de la verdad y la belleza; jóvenes que no se resignan al cinismo y optan por la solidaridad. “La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita ‘basta’, a la paz se le susurra ‘para siempre’. En este horizonte nos ha introducido el Resucitado” (Mensaje León XIV).
La carrera armamentista, impulsada por intereses económicos empresariales, perpetúa el miedo y la desconfianza. Es hora de proponer, con valentía, el desarme como camino auténtico hacia la paz. Desarmarse no significa quedar indefensos, sino elegir otro tipo de fortaleza: la que nace del diálogo, la cooperación y el respeto mutuo.
En esta Jornada Mundial de Oración por la Paz, escuchemos el llamado del Papa León XIV y renovemos nuestro compromiso con una paz desarmada y desarmante. “Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino.
Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella” (León XIV, Mensaje).
Que la oscuridad no nos paralice. Que la esperanza nos ponga en marcha. Porque, incluso en la noche más cerrada, el amanecer es posible cuando hay corazones dispuestos a anunciarlo y construirlo.

