San Juan, 14 de septiembre de 2026
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Concierto para Violoncello y Orquesta de Viento de la Orquesta Sinfónica de la FFHA de la UNSJ

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El Viernes, 18 de Septiembre de 2026, a las 21 hs.;  en la Sala TeS se desarrolla el Concierto para Violoncello y Orquesta de Viento de la Orquesta Sinfónica de la FFHA de la UNSJ.

Las entradas deben ser retirada por sala TeS porque es por invitación y cupos limitados

Programa

  • George Enescu
  • Dixtuor para instrumentos de Viento en Re mayor
  • Friedrich Gulda
  • Concierto para Violoncello y Orquesta de Viento

Solista

  • Alexander Hülshoff, Violoncello

Director

  • Wolfgang Wengenroth
Director de la Orquesta Sinfónica de la UNSJ, M° Wolfgang Wengenroth

Programa de concierto

Este programa reúne dos obras nacidas en momentos muy diferentes del siglo XX y concebidas para formaciones instrumentales poco convencionales. El Dixtuor para instrumentos de viento en re mayor, op. 14, de George Enescu, explora las posibilidades de diez instrumentos de viento con una riqueza sonora que por momentos parece superar los límites de la música de cámara. El Concierto para violonchelo y orquesta de viento de Friedrich Gulda, compuesto más de setenta años después, sitúa al violonchelo frente a una formación dominada por vientos, contrabajo, guitarra eléctrica y batería y derriba deliberadamente las fronteras entre música clásica, jazz, rock y música popular.

A primera vista, Enescu y Gulda parecen representar mundos opuestos. Enescu busca continuidad, refinamiento y amplitud melódica; Gulda cultiva el contraste, la sorpresa y la provocación. Sin embargo, ambos comparten una extraordinaria libertad frente a las convenciones y una fascinación por las posibilidades de los instrumentos de viento.

George Enescu (1881–1955)

Dixtuor para instrumentos de viento en re mayor, op. 14 (1906)

George Enescu fue una de las personalidades musicales más completas de la primera mitad del siglo XX: compositor, violinista, pianista, director y pedagogo. Nacido en Rumania, estudió desde niño en Viena y posteriormente en París, donde recibió clases de compositores como Jules Massenet y Gabriel Fauré. Esta doble formación —centroeuropea y francesa— sería decisiva para el desarrollo de su lenguaje.

Enescu compuso su Dixtuor en París en 1906. Tenía solamente veinticinco años, pero ya había escrito obras tan importantes como las dos primeras Rapsodias rumanas. El Dixtuor pertenece, sin embargo, a un mundo muy diferente. En lugar del carácter abiertamente folclórico y espectacular de las rapsodias, encontramos una música refinada, extensa y cuidadosamente elaborada.

La obra está escrita para dos flautas, oboe, corno inglés, dos clarinetes, dos fagotes y dos cornos. La elección de diez instrumentos permite a Enescu disponer de una extraordinaria variedad de combinaciones. Por momentos escuchamos pequeños grupos camerísticos; en otros, las diez voces se reúnen creando una sonoridad de sorprendente amplitud.

Una de las características fundamentales del Dixtuor es precisamente la manera en que Enescu evita tratar el conjunto como una masa homogénea. Cada instrumento conserva su personalidad. Las melodías pasan continuamente de una voz a otra, se transforman y generan nuevas líneas, de modo que la música parece encontrarse en permanente crecimiento.

También se percibe la influencia de la música tradicional rumana, aunque de manera mucho más sutil que en las célebres Rapsodias. Enescu no cita necesariamente melodías populares concretas: incorpora giros modales, ornamentaciones y una particular flexibilidad rítmica que evocan el mundo musical de su infancia.

Movimientos

  1. Doucement mouvementé

El primer movimiento comienza con una atmósfera tranquila y pastoral. En lugar de presentar temas claramente separados y contrastantes, Enescu deja que las ideas parezcan nacer unas de otras.

Las líneas melódicas se extienden ampliamente y pasan de instrumento en instrumento. La textura cambia constantemente: una melodía iniciada por un clarinete puede ser continuada por el oboe, mientras flautas, fagotes o cornos crean nuevas capas a su alrededor.

La música posee una notable sensación de libertad, aunque detrás de ella existe una construcción muy rigurosa. Enescu transforma continuamente sus motivos y evita las repeticiones literales. De esta manera consigue una forma que parece desarrollarse orgánicamente, como si la música creciera por sí misma.

  1. Modérément

El segundo movimiento adquiere un carácter más animado y rítmico. Aparecen elementos cercanos a la danza y se hace más perceptible la influencia de la música popular rumana.

Los contrastes entre los diferentes grupos instrumentales son más pronunciados y la escritura adquiere por momentos una agilidad casi scherzante. Sin embargo, incluso en los episodios más vivos, Enescu conserva la elegancia y la transparencia características de toda la obra.

El movimiento juega continuamente con la alternancia entre impulso rítmico y momentos más líricos. Esta flexibilidad impide que la música se convierta en una danza convencional: los ritmos parecen surgir y desaparecer dentro de una corriente musical más amplia.

III. Allègrement, mais pas trop vif

El último movimiento reúne muchas de las características escuchadas anteriormente y las conduce hacia una conclusión de creciente vitalidad.

Los instrumentos dialogan con mayor rapidez, los motivos se superponen y la textura adquiere progresivamente una dimensión casi orquestal. A pesar del número relativamente reducido de intérpretes, Enescu consigue una extraordinaria riqueza de colores.

La música conserva hasta el final ese equilibrio tan característico entre sofisticación y espontaneidad. La tradición francesa, la formación germánica y los recuerdos de la música rumana se integran sin que ninguno de estos elementos domine completamente a los demás.

El Dixtuor constituye así una de las grandes obras para conjunto de vientos del comienzo del siglo XX. Es música de cámara por su atención al detalle y por la independencia de cada intérprete, pero posee al mismo tiempo la amplitud de pensamiento y la riqueza tímbrica de una obra sinfónica.

Friedrich Gulda (1930–2000)

Concierto para violonchelo y orquesta de viento (1980)

Friedrich Gulda fue una de las personalidades más singulares de la vida musical europea de la segunda mitad del siglo XX. Pianista austríaco de extraordinaria reputación internacional, fue especialmente admirado por sus interpretaciones de Mozart, Beethoven y Bach. Al mismo tiempo, rechazó desde muy temprano la división estricta entre la llamada música “seria” y las demás formas de expresión musical.

Gulda fue un apasionado intérprete de jazz, improvisador y compositor. Podía interpretar una sonata de Beethoven en una sala de conciertos y aparecer poco después tocando jazz en un club. Para él, estas actividades no representaban contradicciones: formaban parte de una misma concepción libre de la música.

Su Concierto para violonchelo y orquesta de viento, compuesto en 1980 para el violonchelista Heinrich Schiff, es probablemente la expresión más conocida de esa filosofía.

Ya la formación instrumental revela que no estamos ante un concierto convencional. El violonchelo solista se enfrenta a una agrupación formada por instrumentos de viento, contrabajo, guitarra eléctrica, batería y percusión. La sonoridad puede recordar alternativamente a una orquesta de cámara, una big band, una banda de música o un grupo de rock.

Pero Gulda no intenta simplemente introducir elementos populares en una forma clásica. Su principio fundamental es la coexistencia de estilos diferentes. Mozart, jazz, rock, música de los Alpes y música de banda aparecen uno junto al otro sin necesidad de justificar su presencia.

Movimientos

  1. Ouverture

El comienzo deja inmediatamente claro el carácter poco convencional de la obra. Ritmos de rock, guitarra eléctrica, batería y figuras enérgicas de los vientos crean un escenario sonoro de enorme vitalidad.

El violonchelo debe afirmarse dentro de este ambiente con una escritura extremadamente virtuosa. A veces canta; otras veces participa directamente de la energía rítmica del conjunto.

El título Ouverture alude a una forma tradicional, pero Gulda la llena de contenidos completamente contemporáneos. El efecto es deliberadamente teatral y extrovertido.

  1. Idylle

El contraste no podría ser mayor. Después de la energía del primer movimiento aparece una música tranquila y pastoral.

Gulda evoca aquí el paisaje alpino y el mundo de la música popular austríaca. El violonchelo desarrolla amplias melodías cantables, mientras los instrumentos de viento crean un ambiente de serenidad casi bucólica.

Sin embargo, la sencillez es consciente y estilizada. Gulda, profundo conocedor de Mozart y Beethoven, sabe perfectamente qué tradición está evocando y juega con las expectativas del oyente.

III. Cadenza

El tercer movimiento pertenece esencialmente al violonchelo solo.

Como en los grandes conciertos de la tradición clásica y romántica, la cadencia ofrece al intérprete un espacio de libertad y virtuosismo. Pero dentro del universo de Gulda adquiere también otra dimensión: la improvisación era para él una parte fundamental de la experiencia musical.

El solista queda momentáneamente liberado de la confrontación con el conjunto y puede explorar las posibilidades técnicas y expresivas del instrumento antes de que la orquesta vuelva a entrar.

  1. Menuett

Después de la cadencia, Gulda realiza uno de sus giros estilísticos más sorprendentes. Aparece un minueto que parece mirar directamente hacia el siglo XVIII.

La elegancia y la simetría de la danza clásica contrastan radicalmente con el rock del primer movimiento y con el carácter pastoral de la Idylle. Sin embargo, Gulda trata este lenguaje con auténtico conocimiento y no simplemente como una caricatura.

Precisamente aquí se hace evidente una de las ideas centrales del concierto: para Gulda, Mozart y el jazz, el minueto y el rock no pertenecían a categorías musicales incompatibles.

  1. Finale alla marcia

El último movimiento adopta el carácter de una marcha y recupera el lado más extrovertido de la obra.

La escritura de los vientos adquiere un brillo casi bandístico, mientras el violonchelo despliega nuevamente un virtuosismo espectacular. Elementos populares, jazzísticos y clásicos se suceden y superponen con una libertad deliberada.

La marcha avanza con humor, energía y una cierta provocación. En lugar de buscar una síntesis solemne de todo lo anterior, Gulda celebra precisamente la diversidad.

El concierto termina así como comenzó: cuestionando las expectativas sobre lo que un concierto para violonchelo “debería” ser.

Dos concepciones de la libertad

Enescu y Gulda representan dos maneras radicalmente distintas de pensar la libertad musical.

En el Dixtuor, la libertad se encuentra dentro de una escritura extremadamente refinada. Las melodías parecen fluir espontáneamente de un instrumento a otro, pero detrás de esa naturalidad existe una compleja organización. Enescu integra influencias francesas, centroeuropeas y rumanas hasta crear un lenguaje en el que resulta difícil separar unas de otras.

Gulda procede de manera casi opuesta. No intenta ocultar las diferencias: las exhibe. El rock debe sonar como rock, el minueto como minueto y la música popular conservar su identidad. Su unidad no nace de homogeneizar los estilos, sino de permitir que convivan.

También la relación con los intérpretes es diferente. El Dixtuor exige diez músicos que actúan como interlocutores prácticamente iguales dentro de una compleja conversación camerística. En Gulda existe un solista claramente protagonista, pero frente a él aparece un conjunto cuyo carácter cambia continuamente y lo obliga a transformarse con cada nuevo paisaje musical.

Ambas obras tienen, sin embargo, algo esencial en común: una enorme curiosidad por el color instrumental y una resistencia a aceptar las fronteras establecidas. Enescu amplía la música de cámara hasta darle dimensiones casi sinfónicas; Gulda toma el concierto clásico y abre sus puertas al jazz, al rock y a la música popular.

El programa permite así recorrer buena parte del siglo XX a través de dos compositores que entendieron la tradición no como una limitación, sino como un punto de partida. Para ambos, crear significaba escuchar el pasado y, al mismo tiempo, imaginar combinaciones que todavía no habían sido exploradas.