San Juan-Opinion

Pilares que sostienen la fragilidad

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano*

En muchos momentos de la vida experimentamos que somos débiles físicamente. Nos cansamos al subir varios pisos por la escalera, de remar en un bote si no estamos acostumbrados, de remontar una pendiente en bicicleta, de planchar si la familia es numerosa… Seguramente vos podrás mencionar unas cuántas situaciones más.

Pero además de estos cansancios normales, hay otras debilidades que se asocian a la enfermedad y nos dejan con una gran carga de angustia. Pienso en la impotencia ante una enfermedad grave, o las lesiones permanentes en un accidente, situaciones de postración que no tienen posibilidades de superación. Y cuando el riesgo de perder la vida ocurre a un niño, la sensación de imposibilidad de encontrar soluciones pareciera ser aún mayor. Situaciones que nos hacen “tocar un límite” infranqueable que entristece y agobia.

Visitando algunos enfermos internados en centros de salud me expresan con diversas palabras que sus posibilidades vitales se limitan al perímetro de la cama y su angustia pareciera desbordar el mundo.

En estas circunstancias cobran gran importancia los agentes sanitarios, muchos de los cuales confortan desde la fe. “En esta tarea de procurar alivio a los hermanos enfermos se sitúa el servicio de los agentes sanitarios, médicos, enfermeros, personal sanitario y administrativo, auxiliares y voluntarios que actúan con competencia haciendo sentir la presencia de Cristo, que ofrece consuelo y se hace cargo de la persona enferma curando sus heridas. Sin embargo, ellos son también hombres y mujeres con sus fragilidades y sus enfermedades” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, N° 3).

Unos de los riesgos es caer en el anonimato, y tratar a la persona de forma tal que se sienta como un número de una historia clínica. “En estas circunstancias, a veces se percibe una carencia de humanidad y, por eso, resulta necesario personalizar el modo de acercarse al enfermo, añadiendo al curar el cuidar, para una recuperación humana integral. Durante la enfermedad, la persona siente que está comprometida no sólo su integridad física, sino también sus dimensiones relacionales, intelectiva, afectiva y espiritual; por eso, además de los tratamientos espera recibir apoyo, solicitud, atención… en definitiva, amor. Por otra parte, junto al enfermo hay una familia que sufre, y a su vez pide consuelo y cercanía.” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, N° 2)

Acompañar a la familia es muy importante para sostener el ánimo aun en medio del dolor. Ellos sufren y a la vez sienten el peso de tener que ofrecer al enfermo una palabra de aliento ausente en el propio espíritu. Acompañan de pie o sentados en silencio tomando la mano y acariciando con ternura.

Nunca debemos pasar por alto, incluso en los momentos más oscuros, que “cada intervención de diagnóstico, preventiva, terapéutica, de investigación, cada tratamiento o rehabilitación se dirige a la persona enferma, donde el sustantivo ‘persona’ siempre está antes del adjetivo ‘enferma’. Por lo tanto, que vuestra acción tenga constantemente presente la dignidad y la vida de la persona” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, N° 4a).

Insiste Francisco en una enseñanza clara: “La vida debe ser acogida, tutelada, respetada y servida desde que surge hasta que termina: lo requieren simultáneamente tanto la razón como la fe en Dios, autor de la vida. En ciertos casos, la objeción de conciencia es para vosotros una elección necesaria para ser coherentes con este ‘sí’ a la vida y a la persona. En cualquier caso, vuestra profesionalidad, animada por la caridad cristiana, será el mejor servicio al verdadero derecho humano, el derecho a la vida. Aunque a veces no podáis curar al enfermo, sí que podéis siempre cuidar de él con gestos y procedimientos que le den alivio y consuelo”.  (Mensaje del Santo Padre Francisco para la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, N° 4b).

La vida, toda vida, es un don de Dios.

El próximo martes 11 de febrero celebramos a Nuestra Señora de Lourdes, a quien muchos enfermos tienen gran cariño y confianza. Por este motivo desde hace 28 años se realiza la Jornada Mundial del Enfermo.

Para esta oportunidad Francisco dirigió un mensaje-meditación que toma las palabras de Jesús “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt. 11, 28), “Jesús pasó haciendo el bien” (Hc. 10, 38), se acercó con ternura a los enfermos y excluidos de su tiempo: leprosos, paralíticos, ciegos, sordos, angustiados, deprimidos, desahuciados, abandonados. Es un llamado e invitación a apoyar nuestra cabeza en su pecho y buscar el consuelo de su amor que nos sostiene en la fragilidad.

Ayer 8 de febrero se conmemoró a Santa Josefina Bakita, una mujer que fue víctima de la trata de personas. Recemos por este flagelo que oprime y mata. Prestemos atención y tengamos coraje para denunciar ante situaciones que puedan darse cerca de casa.

Mañana, 10 de febrero, cumplo 65 años de edad. Doy gracias al Dios de la vida, rico en misericordia, y a todos los que con su cariño y oración me ayudan a ser feliz en la entrega cotidiana.

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social